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Martes , 11.12.2018 / 15:12 Hoy

Atrevimientos

Cineforo: "En cuerpo y alma"

Héctor Raúl Solís Gadea

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Frecuentar el buen cine nos libera del tedio cotidiano. Nos hace apreciar la riqueza de la vida, aquello que nos ofrece en todo momento aunque no nos demos cuenta. Es como ir al lado de alguien que nos ayuda a descubrir en cualquier cosa algo digno de ser visto y pensado, o disfrutado silenciosamente, atestiguado sin más.

Algunas escenas son poemas visuales, cantos a la vida, exaltaciones de lo real, aun y cuando no se trate de situaciones agradables. En ello consiste la creación cinematográfica. Mostrar lo que vemos pero no observamos, las historias que sabemos pero no contamos. Y hacerlo de manera bella. Entonces ocurre el milagro: lo corriente se vuelve significativo: de pronto vivimos, estamos en el mundo, o somos con nosotros.

El fin de semana pasado, el cineforo de la Universidad de Guadalajara comenzó un ciclo de cine europeo con una espléndida película húngara llamada En cuerpo y alma, escrita y dirigida por la cineasta Ildikó Enyedi. No es fortuito que haya estado entre las cinco películas nominadas este año para recibir el Óscar como mejor filme extranjero. (Ganó, por cierto, el Oso de Oro de Berlín).

En un rastro, un matadero, ingresa a trabajar una mujer joven y tímida, de rostro inexpresivo y memoria de extraordinaria precisión. Es la responsable del control de calidad. Allí conoce al director financiero de la empresa, un hombre entrado en años, con un brazo lisiado y cuya descuidada barba delata que hace tiempo no se ilusiona con tener pareja. La trama se teje con lo que habrán de vencer para dejar de ser dos personas aisladas y darse plenamente el uno al otro. También con lo que inexplicablemente los une y de lo que se percatan sólo de casualidad.

Las vacas caminan obedientes, inocentes, hasta llegar a un punto en que sus potentes cuerpos son sometidos por unas máquinas, como camisas de hierro, que les impiden el menor movimiento de extremidades y cabeza. La res mira a la cámara como si su conciencia se expandiera. Presiente lo que sigue, pero parece reconciliada con ello: no protesta, ni intenta escapar. De pronto queda inerte para siempre. La escena es casi insoportable: quieres volverte vegetariano por el resto de tus días. Deseas que nunca hubiese ocurrido la industrialización que ha convertido a la vida animal en un elemento producido en serie para ser consumido masiva e insensiblemente.

Las emociones de animales y humanos no sólo son irrelevantes, sino igualmente prescindibles. La vida en el matadero es rutinaria, fría, casi completamente impersonal. Da la impresión de que los animales y los humanos que laboran en el rastro son más semejantes de lo que solemos creer. A juzgar por su comportamiento, lo son. Por un instante, confundo los pasos de los trabajadores con los de las reses. Sus miradas también se parecen. ¿Pertenecen ambas especies a una misma matriz de producción y consumo?

Los rituales de cada día son siempre iguales. La entrada, la limpieza, la sangre de los animales sacrificados que escurre... Todos con uniformes blancos. Luego pasan a comer y en el comedor platican un poco. María y Endre comienzan a conocerse. La timidez de una y la precaución del otro hacen casi imposible un acercamiento más allá de lo habitual. Me pregunto si la sociedad contemporánea, que nos hace tan egoístas, también nos incapacita para compartir nuestras vidas.

Un bosque tan verde y tupido que produce paz. La nieve lo cubre todo. En medio un estanque claro y agua que corre. Una pareja de venados comparte algo inasible, como si alcanzasen una instancia más allá de la vida salvaje. El macho es grande, fuerte y con una poderosa cornamenta. La hembra, de menor corpulencia, tiene ojos delicadamente curiosos. Corren con el vigor de la naturaleza. Se persiguen. Se detienen a beber agua... Se miran a lo lejos. Se acercan. Se tocan...

María y Endre se buscan. Intentan ir más allá de una simple relación de trabajo, pero no lo consiguen. Tiene que intervenir el destino para que se den cuenta de que, a pesar de su distancia, un sueño los enlaza todas las noches. Son los ciervos del bosque. ¿Es la naturaleza que sigue caminos inexplicables para la razón? María no consigue comunicarse fácilmente; lo hace con torpeza y sin la frescura típica de una mujer joven. No es fácil percibir que tras la rigidez de su rostro habita un corazón muy grande, capaz de amar y de sentir.

Acude a su terapeuta. Él le dice que aprenda a sentir acariciándose su propio rostro con los ojos cerrados, con el contacto de una mascota o escuchando música. Así descubre una canción de Laura Marling: “Perdóname, no puedo quedarme. Él cortó mi lengua, no hay nada que decir... Él escribió: estoy destrozado, por favor envíen a alguien que venga por mí. Pero yo estoy destrozada también... Luz bendita brilla sobre las cosas que has hecho, así que le pregunté, cómo se transformó en este hombre, ¿cómo fue que aprendió a sostener fruta en sus manos? ¿y dónde está el cordero que te entregó tu nombre? Él tuvo que irse aunque le rogué que se quedara...”

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