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Miércoles , 19.09.2018 / 12:31 Hoy

Atrevimientos

Alberto Cortez en Guadalajara

Héctor Raúl Solís Gadea

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A Xóchitl, Como el primer día

El 4 de marzo de 1982 era mi cumpleaños número veinte. No lo había celebrado de manera especial, pero tenía una ilusión: asistir por la noche al Teatro Degollado donde se iba a presentar el gran cantautor argentino Alberto Cortez. Digo que era una ilusión porque mis diezmadas finanzas personales no me permitían comprar una entrada. Sin embargo, a mi favor tenía la audacia de la juventud. Fantaseaba pensando que podría colarme de alguna manera y presenciar el anhelado concierto. Alberto iba cantar acompañado de la orquesta sinfónica de la Universidad Autónoma de Guadalajara. Yo lo había visto por primera vez allí mismo, en el Degollado, en 1980, cuando vino a promover el disco que contenía una canción llamada “A partir de mañana”. Los recuerdos se me traslapan: creo que más bien se trató del álbum Castillos en el aire. El caso es que desde aquella ocasión sentí una admiración por Alberto y una lealtad que jamás ha declinado.

Deambulando por las afueras del Degollado me aposté a un lado de su costado norte. Faltaban unas dos horas para el comienzo del concierto. En torno a los preparativos iba y venía gente; recuerdo que un hombre alto, de aspecto argentino, llegó cargando una bolsa de esas que se utilizan para transportar sacos y trajes. Vino a mi mente un nombre: Omar Lauría, el que creo que era, a la sazón, manager del artista. De pronto llegó un taxi y de él descendió un hombre de baja estatura que rebasaba los años de la juventud. Batallaba para cargar una maleta muy grande y pesada. Yo, entre comedido y astuto, me le acerqué para ofrecerle mi ayuda y evitarle el esfuerzo de transportar el veliz por los escalones que daban el acceso a la puerta lateral. Acuérdese de que en esos tiempos no había valijas con ruedas.

Me dio las gracias y se identificó como el médico de Alberto Cortez. “Me llamo Gustavo García Travesí”, me dijo. En el acto recordé que Alberto lo menciona en una de sus canciones. Es una particularmente bella que se llama “Me llevaré conmigo” y que en una parte dice: “Gustavo, ¿qué te pasa?, mañana nos veremos, mañana es cualquier día...” Yo estaba emocionado. Hay que tener en cuenta que en esos años no había Internet ni páginas web: los artistas se veían poco y solo por televisión. Ni tardo ni perezoso le comenté que era mi cumpleaños y que no tenía boleto. Gustavo, con gran generosidad, llamó a uno de los empleados del Degollado, un hombre canoso y mayor, que portaba una bata de color azul; le pidió que me permitiera entrar al Degollado para sentarme en las escaleras que estaban casi justo a la entrada lateral, junto a los palcos del costado izquierdo. Me dijeron que me pasara en el momento y que no me moviera de allí. Nada más al ingresar, pude ver a Cortez ensayando: decía las palabras que iba a pronunciar en el concierto. Portaba pantalón oscuro, como de terciopelo, una camisa color azul claro, y una chamarra negra.

Fue uno de los conciertos de Alberto que recuerdo con mayor cariño por las circunstancias que le he platicado. Después de eso he procurado ver a Alberto todas las veces que he podido. A Guadalajara ha venido muchas veces y me ha tocado presenciar sus conciertos en los teatros Rex, Galerías, en el Hospicio Cabañas, en las Fiestas de Octubre y, en una ocasión, en el Teatro Diana; allí, por cierto, se presentará esta semana. Una ocasión memorable, en los años noventa, fue en el Lincoln Center, de Nueva York, cuando hizo una gira con Facundo Cabral. Habían pasado muchos años de aquel cumpleaños, pero creo que mi sensibilidad se había agudizado más.

Uno no es más que sus recuerdos. Si mal no recuerdo era el año 2004, cuando la vida me regaló otra oportunidad. Mi querida amiga Paloma Valencia, hija del empresario cultural Juan Valencia, nos invitó a mi esposa y a mí a cenar con Alberto. Estuvieron presentes, además, el propio Juan, y también su hermano Emilio, otro amigo de nombre Víctor Hugo, y el representante de Alberto. Mi drama fue que no le pude decir casi nada. Sólo atiné a escuchar la conversación. ¿Qué podía yo añadir a lo que allí se dijera? Al final, ya afuera del restaurante, Xóchitl me rescató: le dijo a Alberto de mi admiración y cariño. Él respondió con una gran amabilidad. Recuerdo que le pareció muy bello que yo fuese profesor de ciencias sociales.

Al poco tiempo de aquella cena, Emilio Valencia falleció en un accidente, y después moría don Juan, taurino connotado y hombre muy respetado en Guadalajara. Siempre recordaré la ocasión. Alberto se mostró como un hombre sencillo y transparente. El artista que vive solo para su arte y que no pierde su centro por pretender lo que no le corresponde. El artista que siendo fiel a su destino construye momentos inefables con los que los demás nos identificamos. Por eso, otra vez, tengo la firme intención de ir a verlo y escucharlo. Además, este jueves a las 12 del día, en el Palacio Municipal de Guadalajara, se le rendirá un homenaje a él y al hombre que tantas veces lo acercó a nuestra ciudad: Juan Valencia.

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