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Martes , 18.09.2018 / 16:53 Hoy

Economía empática

Simulaciones y realidades

Héctor Farina Ojeda

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“Máscara tu rostro, máscara tu sonrisa”: eso escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad, en donde describió la sociedad de las máscaras a mediados del siglo pasado. Lo recordé al pensar en la polémica desatada por el cambio de las formas de medición de los ingresos que realizó el Inegi y que lo enfrentó con el Coneval y con los expertos, ya que como resultado del ajuste se produciría un acto de magia que haría que los pobres “tengan” más ingresos de los que se creía y se reportaba. Y me sonó a ironía coherente, en un sistema que mide la pobreza desde todos los ángulos posibles pero no es capaz de minimizarla, de manera que nada mejor que medir de otra forma para ver si cambia el resultado.

A los ojos de cualquier observador, el gatopardismo económico mexicano es un fenómeno digno de análisis: cambian los gobiernos, las estrategias, se producen reformas y contrarreformas, se firman acuerdos y se promueven iniciativas, pero se mantienen intactas las cifras que hablan de cerca de la mitad de la población en situación de pobreza. Con más o menos empleos, más o menos visibilidad, con mucho o escaso apoyo, no ha habido en las últimas décadas un cambio notable en favor de quienes más lo necesitan. Mientras 30 o 50 años son suficientes para que algunas sociedades como las de Singapur, Corea del Sur o Chile hayan experimentando cambios radicales, en el caso local parece que el tiempo no pasa para los que viven en condiciones de pobreza.

Octavio Paz sabía de lo que escribía. Por eso es que estamos llenos de sistemas de medición, de acreditación, de auditorías y proyectos pero seguimos con las mismas carencias. Y esto se nota en la burocracia enmarañada que siempre está lista para nuevos enredos y vericuetos antes que para proponer eficiencia. Y también lo podemos ver en el sector privado, en donde se pueden simular el cumplimiento de la ley y el respeto a los derechos laborales, todo con el fin de ganar más a costa de hacer creer que son lo que no son. Se simula eficiencia y responsabilidad social, y se esconden los vicios que siguen carcomiendo desde dentro.

¿Cuánto daño nos hace la simulación? Imaginen el profundo daño que genera que en las escuelas se simule calidad educativa a partir de no reprobar a estudiantes. Todo por el hecho de que para las estadísticas no haya reprobados y se asuma -con todo el cinismo del mundo- que el estudiante aprendió, que el maestro enseñó y que el sistema está formando a las generaciones del mañana. Nada más alejado de la realidad pese a los falsos indicadores: más temprano que tarde estos resultados disimulados se convierten en problemas económicos, en escasa preparación para un buen empleo, en pobreza y en poca capacidad de innovación y emprendimiento.

No se puede construir una economía dinámica y más equitativa sobre la base de la simulación. Necesitamos ser productivos, eficientes e innovadores para romper con el mundo del simulacro. Seguir por el camino de lo fingido equivale a seguir padeciendo de lo mismo.

@hfarinaojeda

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