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Miércoles , 17.10.2018 / 22:32 Hoy

Economía empática

Más allá del dinero

Héctor Farina Ojeda

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Como decíamos en espacios anteriores, la desigualdad económica es tan grande que los efectos en la vida cotidiana han polarizado a la sociedad, en una división de mundos que van más allá del ingreso o la riqueza. Piensen si sería posible que un estudiante pobre, hijo de un obrero que sobrevive en condiciones precarias, tuviese como compañero de clases al hijo de un empresario multimillonario, de esos pocos que acaparan mucho. Imaginen que sean compañeros en una escuela pública, la del barrio. Seguramente, casi la totalidad de quienes leen este artículo (dando un margen de duda o error) habrá pensado que se trata de un caso ilusorio que podría darse en alguna telenovela pero no en la vida real.

Esta situación es una marca indeleble de la profunda desigualdad que se da por la pérdida de lo público como sinónimo de calidad y por la enorme brecha derivada de todo lo que el dinero puede comprar. Existe la percepción de que la escuela pública ha dejado de ser un referente de la calidad para más bien ser un espacio de dudosa eficiencia en el proceso educativo, mientras se piensa que con el dinero se puede comprar una mejorar formación en el ámbito privado. En una declaración curiosa, lo dijo el presidente argentino, Mauricio Macri, al referirse a la desigualdad entre los colegios privados y los que “caen” en la educación pública. Terrible: que se considere que lo público es sólo para los que caen y no tienen otra opción.

El pensador colombiano Bernardo Toro dice que no será posible la igualdad mientras lo público no sea recuperado para todos. Si la escuela pública no tiene calidad para todos, el hijo del obrero y el hijo del empresario nunca se conocerán ni serán compañeros y posiblemente nunca crucen sus vidas. Será como si vivieran en mundos distintos que nunca se juntan: uno en la precariedad y el otro en la opulencia. Y no se trata sólo de querer juntar en un espacio a personas de condiciones económicas diferentes, sino de construir espacios para la igualdad, en donde pueda educarse con calidad tanto el pobre como el rico, el campesino o el citadino. Tampoco se trata de un debate estéril entre la escuela pública y la privada, sino de que la oportunidad de aprender no debe estar limitada a lo que el dinero pueda comprar.

Este ejemplo es sólo una provocación para pensar en la desigualdad derivada de los ingresos dispares o de las riquezas inconmensurables frente a las raquíticas: los que viven en la pobreza no pueden acceder a las condiciones de la educación privada -a veces ni pueden llegar a la escuela- ni cuentan con igual acceso a hospitales, seguro social y medicamentos. En un mundo en el que todo cuesta y en el que lo público ha perdido calidad, los resultados se traducen en una enorme precariedad para una gran parte de la población.

Los alcances son tremendos: la educación cuesta, la salud cuesta, la cultura cuesta, la alimentación cuesta, la sobrevivencia cuesta. Con una desigualdad tan profunda, dicho costo sólo lo pueden cubrir unos pocos, mientras los otros sobreviven como pueden.

@hfarinaojeda

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