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Miércoles , 20.06.2018 / 08:14 Hoy

Economía empática

Los privilegiados y los otros

Héctor Farina Ojeda

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En una economía de indicadores repetidos y de largas postergaciones de temas estructurales como la pobreza, los privilegios convertidos en sistema generan una dolorosa desigualdad que se nota en la mayoría de los ámbitos de lo cotidiano. La riqueza, los mejores empleos, los puestos públicos y hasta la siempre invocada educación universal tienen la clara división entre los privilegiados y los otros, entre los que pueden gozar de los beneficios y los que saben que siempre ganarán menos aunque se esfuercen y lo merezcan más. La desigualdad alcanza no sólo a lo económico en función del dinero que se percibe, sino que se incuba desde la educación y el acceso a derechos fundamentales como la salud.

Hay demasiados botones de muestra sobre privilegios y exclusiones en una economía en la que conviven el hombre más rico del mundo y 60 millones de personas en situación de pobreza. Pero más allá de la desigualdad resultante, un enfoque interesante sobre el que deberíamos reflexionar es el dio hace unos días Alfredo Coutiño, director para América Latina de la consultora financiera Moody’s, quien dijo -en entrevista con La Jornada- que la diferencia de ingresos en México no se debe a los que ricos sean más productivos, sino a un sistema de privilegios que favorece a pocos grupos. Y mientras los trabajadores -en general- perciben salarios conforme a sus habilidades, los privilegiados reciben ingresos más altos porque tienen mejor nivel educativo y gozan de la amistad de los dueños del capital.

Un dato revelador es que el ingreso de los trabajadores mexicanos representa el 25 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que lo que perciben los trabajadores de Estados Unidos equivale al 55 por ciento del PIB, es decir, más del doble. Con salarios bajos, con elevados niveles de estrés y con la mayor cantidad de horas de trabajo entre los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), los mexicanos trabajan en un sistema que les paga mal y que los mantiene a merced de la precariedad y la informalidad, al mismo tiempo que desde los cotos privilegiados se forjan riquezas y beneficios para unos pocos.

Detrás de nuestra reconocida injusticia, que no sólo afecta a México sino que parece marca registrada de toda Latinoamérica, una de las causas de la tremenda desigualdad es la exclusión del sistema educativo, así como la mala calidad de la educación. Es decir, los privilegios y exclusiones se incuban desde el momento en que sólo algunos pueden recibir una formación de calidad, en tanto los otros se quedan sin preparación y sin la posibilidad de construir un futuro en el que tengan oportunidades de mejores empleos y mejores ingresos. Si partimos de un origen torcido, no debería sorprendernos que el resultado sea un país desigual, con políticos improductivos pero ricos, y con trabajadores que producen pero viven en la pobreza. Hay que invertir el orden y hacer que la educación de calidad llegue a todos para tener un principio de equidad que nos acerque a economías más justas.

@hfarinaojeda

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