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Jueves , 13.12.2018 / 01:11 Hoy

Economía empática

La presión de lo caro

Héctor Farina Ojeda

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Uno de los aspectos más preocupantes de la economía en lo que va del año es la inflación, es decir, la suba generalizada de los precios de los productos de la canasta básica. De acuerdo al último informe del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la inflación anual llegó a 6.44 por ciento en julio, lo que representa el mayor encarecimiento de productos en los últimos ocho años. Esto se veía venir desde que a inicios de 2017 se incrementaron hasta en 20 por ciento los precios de la gasolina: el impacto en el costo de vida se sigue sintiendo, sobre todo en los sectores de menores ingresos, que ven cómo todo cuesta más caro mientras los ingresos no mejoran.

Como una historia repetida, al mismo tiempo que mejoran los augurios para el crecimiento económico, las inversiones y otros grandes indicadores, la suba de precios desnuda la profunda precariedad en la que deben sobrevivir millones de personas ancladas en la pobreza, esa misma pobreza que no ha podido ser minimizada. Como cuando México presumía ser el país con la mayor captación de inversión extranjera a nivel mundial y de estar ingresando al primer mundo, al mismo tiempo que los niveles de pobreza indicaban que la mitad de la población vivía en condiciones precarias.

La inflación es un verdadero castigo para los que menos tienen, por la sencilla razón de que al carecer de ingresos suficientes no pueden hacerle frente a ninguna suba, por más insignificante que parezca. Por eso es que un encarecimiento, sobre todo de los productos agrícolas tan fundamentales en la dieta diaria, no sólo genera más pobreza sino que profundiza las diferencias en una economía ya marcadamente desigual. Y a esto debemos añadirle que los augurios de crecimiento en un contexto de desigualdad no implican justicia, sino más diferencias: la riqueza que se genera hace más ricos a los ricos y no llega a los pobres.

Aunque el optimismo oficial dice que la inflación llegará a su techo y luego retrocederá, estamos ante un problema demasiado importante: los precios siguen subiendo, no mejoran los ingresos, no mejoran los salarios, no mejora la calidad del empleo y sobre todo no se vislumbra un cambio en el escenario de desigualdad en el que todo lo bueno es para pocos y lo malo para muchos. De seguir así, 2017 cerrará con un crecimiento moderado de alrededor de 2 por ciento y con algunos buenos indicadores -que serán enarbolados como logros frente a la crisis-, pero con un consumidor más empobrecido, con menor poder adquisitivo justo cuando más se necesita de la fortaleza interna.

La gran pregunta es por qué no se han volcado las estrategias hacia la recuperación del poder adquisitivo de la gente y hacia la generación de empleos de calidad que alcancen para que los sectores más necesitados tengan al menos una oportunidad. No se pueden controlar los precios ni las medidas externas o los cambios dentro de la globalización, pero sí se puede invertir en la gente y aflojar la presión de la pobreza y la precariedad.

@hfarinaojeda

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