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Domingo , 19.08.2018 / 09:36 Hoy

Economía empática

La deuda de la competitividad

Héctor Farina Ojeda

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En medio de los vientos turbulentos que auguran tormentas financieras, el avance de México en el Índice Global de Competitividad, realizado por el Foro Económico Mundial, es una relativa buena noticia. De un total de 138 naciones estudiadas, México ocupa la posición 51, lo que representa una mejoría de seis posiciones frente al año pasado, cuando se ubicó en el puesto 57. El estudio establece que hubo mejoría en la eficiencia en el mercado de bienes, así como flexibilidad laboral y desarrollo del mercado financiero. Con esto, la economía mexicana ocupa la tercera posición entre los países latinoamericanos, detrás de Chile y Panamá.

Sin embargo, la mejoría es más bien una oscilación en el ranking. Lejos de solucionar los problemas de fondo que anclan a la economía y la hacen vulnerable ante cualquier amenaza externa, se trata solo de saltos parciales derivados de coyunturas de duración indeterminada. La aparente mejoría contrasta con los resultados de la educación primaria y la fragilidad de las instituciones, lo que deriva en elevados niveles de corrupción, escasa formación de la fuerza laboral, así como en las grandes limitaciones para innovar. Ni la supuesta eficiencia en los mercados ni la mentada flexibilidad laboral pueden ser suficientes en el contexto de los salarios bajos, de la poca productividad, el desempleo y la precariedad -tanto educativa como laboral- que afecta a millones de trabajadores.

En tiempos de renovación y de economía del conocimiento, no puede haber competitividad sostenible sin educación de calidad, instituciones fuertes y creíbles, y sobre todo mucha capacidad de innovación. Cuando las instituciones fallan y los niveles de corrupción e inseguridad se mantienen elevados, es difícil pensar en calidad de vida, en inversiones productivas, empleos de calidad u oportunidades más justas para todos. Al contrario, con instituciones débiles y la corrupción enquistada en los distintos estamentos de la vida pública, el resultado se percibe en sociedades desiguales, divididas por sistemas de exclusiones y privilegios, con los beneficios concentrados y los perjuicios distribuidos.

Si miramos los primeros lugares del Índice de Competitividad, encontraremos a Suiza, Singapur, Estados Unidos, Holanda, Alemania y Suecia, países en donde no sólo las instituciones son creíbles sino que han sabido invertir en el factor más importante para la competitividad de cualquier nación: la educación de su gente. Por ello no es de extrañar que la eficiencia suiza se traduzca en calidad de vida o que la fuerte inversión educativa haya hecho de Singapur un país sin pobres. La competitividad debe verse no en función de los indicadores macroeconómicos sino en cuanto a la capacidad de la gente.

Para tener una economía verdaderamente fuerte se necesita fortalecer los cimientos: desde la educación primaria hasta la innovación, la ciencia y la tecnología. La competitividad se construye desde la gente, desde su formación y creatividad, y no desde los indicadores.

@hfarinaojeda

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