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Viernes , 20.07.2018 / 21:37 Hoy

Economía empática

Detrás de la informalidad

Héctor Farina Ojeda

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Como en uno de esos refritos del cine, la película de la disminución de la tasa de desempleo al mismo tiempo que se incrementa la informalidad laboral nos presenta un nuevo capítulo: el de siempre. Mientras la tasa de desempleo en el segundo trimestre fue de 3.9 por ciento -cifra inferior al 4.3 por ciento en el mismo periodo del año pasado-, la informalidad fue de 57.2 por ciento, es decir 1.1 por ciento más que en 2015. O, en otras palabras menos elegantes, los que buscaban trabajo dejaron de hacerlo o lo encontraron en algún puesto precario, sin prestaciones ni seguro ni mucho menos un salario fijo. La disminución de las cifras del desempleo no siempre significa que hubo más trabajo ni que los nuevos empleados mejorarán sus condiciones de vida.

Nos encontramos ante un escenario reiterado en el que los actores cambian sus apellidos pero no su condición de vida: del desempleo a la informalidad y de la informalidad a la precariedad. Como no se están generando suficientes empleos en el mercado formal, buscar una ocupación informal es la única opción para millones de personas, en busca de ingresos, riqueza, calidad de vida…Pero las estadísticas crudas de la pobreza son contundentes: pese a los movimientos, los giros copernicanos en las clasificaciones o los alardes de mejoría, en general se mantiene la mitad de la población en situación precaria.

Definitivamente no es suficiente con disminuir el desempleo si el resultado es la misma pobreza de la que se quiere salir mediante un trabajo. Y aunque la informalidad aparece como una vía de escape, dista mucho de ser una solución. Más bien es una transferencia del problema, desde un campo de juego en donde no dejan jugar a muchos a otro en el que todo es relativo, inestable, cambiante y nada seguro. El objetivo siempre es el mismo: mejorar gracias a una oportunidad. Pero antes que a un estadio mejor hemos llegado a uno en donde todo es precario, fugaz e incierto, en donde cada quien se emplea en lo que puede, gana lo que sea y vive siempre a merced de una mala jugada del mercado.

Detrás de la informalidad y de las ocupaciones precarias, están la falta de oportunidades en el mercado formal, la corrupción que crea conflictos para luego “vender” soluciones que favorecen a pocos en perjuicio de todos, así como la burocracia y la carga impositiva que no sólo no ayudan sino que ahuyentan a los emprendedores y los empujan hacia lo informal. Cuando todo confabula para evitar seguir las normas y operar dentro lo formal, es lógico que se busquen opciones fuera de un sistema excluyente por naturaleza.

Ser informales cuesta mucho. La exclusión del sistema financiero que padecen los microempresarios, el mercado negro de los usureros que se enriquecen a costa de los que quieren emprender o la imposibilidad de ahorrar para una jubilación o tan siquiera tener seguro social, son sólo algunos costos que paga toda la economía. Deberíamos revisar nuestros criterios y buscar la manera de hacer de lo formal la regla y no la excepción.

Twitter: @hfarinaojeda

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