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Viernes , 19.10.2018 / 11:55 Hoy

Psi y que

¿Por qué el coaching “funciona”?

Héctor Cerezo Huerta

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Las psiques de millones de ciudadanos han sido incitadas a buscar trampolines para el cambio personal y bálsamos para el bienestar y el performance. La primacía de políticas neoliberales e ideologías postmodernistas han sido un terreno fértil para la proliferación de un verdadero "coachismo"; es decir, una serie de ofertas comerciales diseminadas como una amalgama de saberes que configuran un sistema mercadológico complejo y bien construido, que reduce la subjetividad humana a ecuaciones operativas de entrenamiento personal, formas de manipulación narcisista y una terrible visión pragmatista de la mente y precisamente por ello, es un enorme riesgo profesional considerar al coaching como el remedio único para todos los problemas de desarrollo humano en los escenarios educativos, clínicos y organizacionales.

El coaching funciona, en primera instancia, por la industrialización y el mercadeo de una gama de productos tangibles e intangibles que paradójicamente afirman oponerse a una lógica racionalista y consumista, pero que operan al amparo de la ganancia y del capital, aprovechando la mentalidad gnóstica de consumidores que ponderan las mercancías simbólicas.

Los promotores y consumidores del coaching difícilmente generan una apropiación reflexiva del conocimiento, pues dependen de sus creencias y de un discreto fetichismo por las mercancías prometedoras. Quizás, el fetiche es algo que necesitan para alcanzar cierto goce o vinculación emocional que les genere seguridad. Por otro lado, el coaching ha demostrado que la irracionalidad bien puede justificarse desde la racionalidad; los consumidores tienden a aceptar afirmaciones acerca de ellos mismos más por lo que desean ser, que por lo que son realmente.

Así pues, paradójicamente cuanto más halagador o coercitivo sea el análisis de sus emociones, pensamientos y conductas más aceptación tendrá por parte del consumidor. En el campo de la salud mental, sabemos que detrás de la eficiencia de un tratamiento cualquiera se encuentra las convicciones, las sugestiones y las creencias de la persona. En otras palabras, el modo en que nos sentimos depende en gran parte de lo que pensamos que sentiremos, de lo que anticipamos y de aquello que esperamos.

Por lo tanto, la "eficiencia" del coaching depende de la "variedad" de servicios ofrecidos, de los nombres de las modalidades de "coaching", pues entre más ingeniosos y atractivos resulten mejores efectos tendrán, de la creencia de eficacia que los adeptos tengan hacia el coaching, de las experiencias previas de salud y enfermedad mental de las personas que acudan a sus servicios, de la ambientación novedosa en la cual se realizan las intervenciones, del histrionismo del coach y de la persuasión –incluso falaz- que el propio coach muestre hacia sí mismo. Sin duda, no hay nada peor que un incompetente motivado.

El coaching ha sido capaz de inocular un nuevo sistema de creencias sin mediar ningún tipo de abuso físico o emocional manifiesto –exceptuando la modalidad coercitiva- y lo ha logrado usando la propia dinámica grupal y sus potentes efectos de adoctrinamiento, mismos que explican porque coaches y coacheados justifican la validez de sus prácticas y la defensa de su transformación personal respectivamente; aunque en realidad se trate de una banal experimentación psicológica continua con el yo al más puro estilo "fitness". El coaching no es una falacia, se ha convertido en una certeza, de hecho, en la mejor conceptualización posible del "homo coach" en el que la mayoría pretende convertirse.

Twitter: @HectorCerezoH

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