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Lunes , 10.12.2018 / 03:55 Hoy

El yo y lo mío

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Es un momento de éxtasis, simula que no atiende al lente de la cámara, ella sabe que eligió el vestuario adecuado, su figura es tentadora e incita a tocarla, juguetea seductoramente con su cabello, prepara una sonrisa ¿erótica o ingenua, se pregunta?, humedece sus labios, ¿duck face, fish gape? Acomoda su escote, inclina levemente su cabeza y se ubica coquetamente para enfatizar su perfil mostrando "discretamente" algo de su anatomía caudal, no vaya a ser que se malinterprete. Se sabe "bella" por cualquier arista e intuye que todo este preámbulo pagará con creces cuando lluevan los "likes" y los comentarios alabando la imagen y apapachando la coraza del ego. Su mirada se clava frente a un espejo suficientemente grande, ubica estratégicamente el móvil para ensayar diversas posturas corporales, checa la iluminación y el festín de "selfies" inicia…clic…clic…clic. Ahora, viene la decisión más difícil ¿dónde colgarla? ¿Instagram, Facebook? ¡Esto merece un estudio fotográfico!

"El niño viviría hasta viejo si antes no se contemplaba a sí mismo" profetizó Tiresias cuando sus padres lo consultaron en torno al coqueto Narciso. Hoy, se agudiza la urgencia obsesiva al querer ser protagonistas de una historia carente de valor interno que vive de la captura de instantes y de la necesidad de aprobación. Las selfies atraviesan un amplísimo espectro explicativo. Pueden representar simplemente la intención de compartir un momento significativo con un grupo de referencia, una expresión sui géneris de cariño para el yo y la exposición de rasgos favorables de nuestra personalidad que resultan importantes socializar y recibir reconocimientos, pero también subyace una carga erótico-sexual y un interesante fenómeno de comparación y competitividad social consigo mismo y los otros. Los selfies son una mirada voyeur frente al espejo y su reflejo es la exposición proyectada a los demás "mirones" que de paso gozamos las imágenes y acompañamos el ritual digital con comentarios motivacionales igual de discretos y estimulantes.

La postmodernidad ha legitimado un hedonismo efímero, el individualismo, la sustitución de la ética y el intelecto por la estética, la superficialidad, la belleza sin contenido y el fomento de espejismos que habitúan a millones de incipientes Narcisos a obtener su capital relacional y material de su mera anatomía. Las egotecas (redes sociales) son ecuménicas, y también tienen lugar para lo apolítico y lo emocional. Aquí no hay heroísmo humanitario pero sí sensibilidad, demasiada sensibilidad y mucho exhibicionismo. El infame "muro" es mucho más que un simple muro. Es un muro de las lamentaciones, donde se pone a la vista al yo vulnerable y en desasosiego y se recolectan palabras de aliento. El muro es un espejo para que los Narcisos se vean reflejados en él, para que relaten sus pequeñas grandes hazañas, en ejercicios de autopromoción desvergonzada: para que se sientan vivos (Espíndola, 2014). Y agregaría yo, para practicar una extraña masturbación de la identidad, sin que nadie se indigne o sorprenda.

@HectorCerezoH

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