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Lunes , 24.09.2018 / 09:47 Hoy

Psi y que

¿El sexo débil?

Héctor Cerezo Huerta

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Cuando se habla de violencia de pareja, la percepción social es abrumadora en torno a la rígida dicotomía del hombre como agresor natural y la mujer como víctima permanente. Semejante estereotipo, se ha nutrido tanto de argumentos derivados de investigaciones científicas de la violencia y de una indiscutible visión de género, pero quizás también de razones que si bien son "políticamente correctas", han generado sesgos ideológicos que privilegianlos temas femeninos y, con ello se ha subestimado o invisibilizado la violencia cometida por las mujeres hacia sus parejas. Ningún acto violento –sea ejercido por mujeres u hombres- debe justificarse y tampoco debe perpetuarse la idea simplista que considera a la violencia primordialmente como física.

En opinión de la Dra. Toldos Romero (2013), dada su complexión física, patrones de crianza, perfil cognitivo e influencia cultural, las mujeres utilizan estrategias violentas diferentes a las ejercidas por el hombre y éstas se caracterizan por el uso de agresiones psicológicas, comunicativas, abandono del hogar, alienación de los hijos hacia el padre de familia, chantaje emocional y manipulación de la vida sexual. Este último aspecto fue descrito lúcidamente como mecanismo de condicionamiento en "El varón domado" (1973), escrito por la admirable Esther Vilar. La violencia femenina tiende a naturalizarse por su carácter "sutil y reactivo", sin embargo, todo acto violento genera en primera instancia, un impacto psicológico devastador e irreversible en la autoestima de las víctimas.

Por otro lado, Cano Gil (2015) un psicoterapeuta español, plantea que la mujer violenta culpa de forma exclusiva, continua y desproporcionada a sus parejas masculinas de los problemas inherentes a la convivencia, no asume responsabilidad alguna de sus agresiones, coerción y dominio -aspecto similar en el hombre- y se asumen paradójicamente como víctimas defensivas. A nivel cognitivo, se aprecian fallas en el juicio de realidad que les impide la autocrítica, la resonancia afectiva y menos aún, la demanda de psicoterapia. Su marcada desvinculación afectiva de sus parejas masculinas, incita una macabra danza de divorcio o separación que difícilmente se consuma. Si la convivencia con un hombre "imbécil" resulta tan intolerable ¿por qué no buscan a alguien "mejor"? Este aspecto contradictorio, devela cierta intención de maltrato y proyecta personalidades límites, narcisistas, pasivo-agresivas y con déficits emocionales infantiles que se manifiestan agudamente en los episodios violentos mediante conductas regresivas, impulsivas y desafiantes.

El psiquiatra Ernesto Lammoglia (2005) explica que así como un misógino se engancha con una mujer dependiente, muchos hombres son víctimas de mujeres frías y crueles que minimizan su conducta violenta: "no es para tanto" y que asumen una ceguera selectiva al sobrevalorar su dimensión luminosa y negar sus partes oscuras como personas. Adicionalmente, sucede un fenómeno similar al ciclo de la violencia de pareja planteado por Lenore Walker en 1979. No importa lo que el hombre diga o haga en la relación, siempre estará mal dicho o hecho. Este juego perverso distorsiona la percepción amorosa, perpetúa el bucle violento y contribuye al mantenimiento del silencio de hombres que difícilmente denunciarán el maltrato y tampoco se acercarán a psicoterapia a pesar de haber sido agredidos.

Twitter: @HectorCerezoH

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