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Doble mirada

Los códigos de la política mexicana

Guillermo Valdés Castellanos

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La política es una actividad despiadada. Su código, es decir, la lógica que guía las acciones de los políticos, es muy simple: conseguir, ejercer y mantener el poder. Sin importar los medios ni los fines. La historia de los sistemas políticos revela el uso de todo tipo de medios para obtener y retener el poder: fuerza, miedo, engaño, derecho divino, golpes de Estado, votos. Y en cuanto a los fines, que el poder sea utilizado para producir el bien común no ha sido la constante. Se ha utilizado para dominar, para conquistar y someter, para enriquecerse, o simplemente para mantenerse en él. Por tanto, la lógica original, el ADN, de la política es el poder; así solo, sin adjetivos.

Pero a lo largo de la historia, en la medida en que las sociedades se hicieron más complejas, el código básico de la política (el poder sin restricciones) tuvo que aceptar la intromisión de códigos de otros sistemas sociales. Conseguir y ejercer el poder se volvió un asunto más complejo, pues gobernar no es una tarea fácil.

Así, ya en esta época de la democracia, la teoría y el sentido común dicen que si los políticos gobiernan bien, en función de los intereses de la población (cuando menos de la mayoría), tienen más probabilidades de ganar y retener el poder, que si gobiernan mal. Perogrullo. Es decir, que si el código de la política (la búsqueda del poder) se combina con otros códigos ajenos a ella, como el del derecho (cumplir y hacer cumplir la ley, lo que les impide abusar del poder) o el de la ética (gobernar apegado a valores aceptados socialmente: la democracia, la honestidad, el bien común), o para ciertas cosas, el código de la ciencia (decisiones eficaces fundadas en conocimientos técnicos probados) ganarían los políticos y la sociedad.

En otras palabras, la intromisión afortunada de otros códigos en el de la política ha "civilizado" el poder. Esos nuevos códigos le han restado arbitrariedad y le han puesto límites. El acceso y el ejercicio del poder necesitan legitimarse no por la fuerza y el poder mismo, sino por su apego a la ley y el respeto a los valores democráticos, es decir, emanado de una decisión social (el voto de los ciudadanos) y ejercido de manera responsable, con rendición de cuentas y transparencia.

Sin embargo, la realidad demuestra que hay muchas maneras de no gobernar bien (desde muy mal hasta regular) haciendo a un lado, por imprácticos, el resto de códigos ajenos al del poder, los que lo limitan, y aun así permanecer en el poder.

Pareciera que en México la práctica de la política ha sido especialmente eficaz en rechazar sistemáticamente los códigos de la ley y de la ética.

La lucha por la cual la política mexicana incorporó el código de la democracia (voto libre, competencia equitativa entre partidos; autoridades electorales imparciales, etcétera) no fue rápida ni fácil, e incluso no ha terminado. Han sido décadas, pero los logros han sido muy relevantes y reales.

En estos días está por decidirse una nueva batalla para "civilizar" más el poder, que de ganarse, puede transformar gradual pero radicalmente la manera de ejercerlo, pues se trata de que la política incorpore un código fundamental proveniente de la ética: la honestidad. La iniciativa del sistema anticorrupción en su versión de la sociedad civil, apoyada por el PAN y el PRD (la famosa ley 3 de 3) pretende sustituir la institucionalidad que ha permitido que los políticos privaticen en su favor los dineros y otros bienes públicos, por otra que lo impida. No es una batalla menor, sería un paso enorme para seguir civilizando la política.

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