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Doble mirada

La resurrección

Guillermo Valdés Castellanos

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Para quienes ya somos viejos —es decir, que vivimos las sucesivas crisis económicas de 1976, 1982, 1987, 1995—, el presidencialismo no es un concepto de politólogos, como seguramente lo es para quienes son menores de 30 años. Era una forma de gobierno, un estilo de ejercicio del poder que abrumaba no solo la vida política, sino también la vida cotidiana de los ciudadanos. El Señor Presidente era primera plana en todos los periódicos todos los días. ¿Se pueden imaginar el hartazgo? Las giras a cualquier parte del país eran días de fiesta, desfiles, ceremonias, escuelas oficiales sin clases, banderitas y confeti tricolor. Casi la totalidad de diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, jueces decían sí siempre y sin chistar a las órdenes presidenciales.

Las ceremonias de los informes presidenciales (que ya no existen) presentados en el Congreso el 1 de septiembre, terminaban en un “besamanos”: el desfile, de por lo menos una hora, de políticos, funcionarios, empresarios, líderes sindicales, campesinos y populares (que ya son especie en vías de extinción) y gente del pueblo para saludar de mano al mandatario: qué suerte la de aquellos elegidos para agradecerle lo que hacía por el país y solicitarle un favor a quien era el gran y casi único dispensador de favores y dineros gubernamentales.

Recuerdo una frase del historiador Lorenzo Meyer, dicha en medio de las profundidades de la gravísima crisis de 1995, terriblemente atinada pero atroz, sobre el poder de los presidentes mexicanos. Decía que el único límite que tenían en materia económica era la catástrofe. Cuando las devaluaciones alcanzaban más de 100 por ciento, el desempleo asolaba las ciudades, la inflación se medía en decenas, y el país y millones de mexicanos estaban endeudados y quebrados, entonces su poder de decisión disminuía.

Pues con la noticia de que, a partir del próximo domingo, si no ocurre lo muy improbable, por la voluntad de los ciudadanos el país entrará al túnel del tiempo, al camino de la resurrección del presidencialismo. No al mismo, pero sí a uno muy parecido. Cuatro datos para sustentar esta tesis.

Uno. López Obrador será, según las tendencias detectadas por prácticamente todas las encuestas, el presidente con mayor respaldo social de este siglo. Incluso algunas pronostican más de 50 por ciento de los votos, que, en caso de hacerse realidad, lo convertiría en el mandatario más popular desde 1982. Algo inusitado.

El segundo son dos convicciones de AMLO. La primera es que él tiene una misión histórica —encabezar la cuarta transformación de México— y la segunda, que sus cualidades personales (en especial, su honestidad) combinadas con las atribuciones presidenciales serán el gran detonador y la causa única de la transformación del país. Por eso su insistencia en que la verdadera y única fórmula para terminar la corrupción es el ejemplo de un presidente honesto como él. El sistema nacional anticorrupción, la autonomía de la Fiscalía General, y el resto del entramado institucional, no son relevantes. Es su persona investida de los poderes de la Presidencia el verdadero factor de cambio. El Señor Presidente, pero no cualquiera. Uno honesto y que encarna la voluntad del pueblo bueno.

Tercero. Si los números de las elecciones para diputados y senadores no le alcanzan para tener mayoría en ambas cámaras, quedará muy cerca. No le será difícil construirlas con un par de decenas de legisladores del PRI (que tienen el chip presidencialista muy arraigado), del PRD o incluso panistas que quieran estar del lado correcto de la historia. No necesitará invitarlos. Ellos solos se presentarán. El Congreso, por tanto, no será contrapeso, cuando menos para las leyes generales, ya que la Constitución no podría modificarla a su antojo. Primera e importante diferencia.

Cuarto dato. La oposición estará muy débil. Las crisis del PAN y del PRI y la marginalidad del PRD dificultarán que sean contrapesos reales a esa Presidencia fuerte, mesiánica, con mayoría simple en el Congreso. Por su parte, los medios le tendrán miedo, pues aún dependen en buena medida, de la publicidad oficial y otros favores gubernamentales.

No obstante estos factores que resucitarán un presidencialismo siglo 21, no será el mismo del siglo 20, pues existe un entramado institucional —la autonomía del Poder Judicial, del Banco de México y de otros muchos órganos que no existían antes, como el INE, el INAI, la CNDH, la Cofece, etcétera— que ofrecerá contrapesos reales. Al menos los primeros años. Pero ello será tema de otro texto.

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