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Jueves , 18.10.2018 / 07:01 Hoy

Doble mirada

La promesa y el tsunami

Guillermo Valdés Castellanos

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Qué semana más intensa y emotiva. ¿Qué decir, qué destacar de todo lo vivido estos días de terremotos, tragedia, dolor y duelo, mezclado con la avalancha de solidaridad y un sentimiento de esperanza, sustentado en la fuerza y la energía de una sociedad movilizada como pocas veces hemos atestiguado?

La experiencia nos ha enseñado que estos movimientos sociales suelen ser efímeros. Una vez pasada la emergencia, la normalización de la vida se va imponiendo, por más que se desee que no se regrese a los vicios y defectos del pasado que contribuyeron a incrementar la tragedia. Las preguntas obvias son: ¿qué sigue y cómo lograr que tanta solidaridad y energía se traduzcan en algo más que recuerdos hasta el próximo sismo?

Del terremoto de 1985 quedó un movimiento popular urbano que fue la base de la fuerza política de la izquierda en Ciudad de México; en sus inicios fue creativo y novedoso, pero luego se hizo gobierno hasta que se convirtió en clientelas corporativas ya en el PRD o en Morena; fue el paso de Superbarrio, aquel personaje que criticaba a los poderosos con autenticidad, ingenio y comicidad, a Bejarano, El señor de las ligas, que en 1985 era uno de los líderes de la Coordinadora Única de Damnificados y 20 años después, secretario particular de López Obrador, transportaba en sobres amarillos fajos de billetes de 500 atados con ligas, que un empresario le daba para la operación política de su jefe.

Los protagonistas de la movilización de 2017 no son los damnificados, sino los millennials, ese grupo poco definible, que existe y se mueve alrededor de las redes sociales, que sorprendió porque de él se decía que lo caracterizaba su apatía a las causas sociales y políticas. No sé si tengan el interés y de mantener vivos sus esfuerzos organizativos y darles alguna traducción más estable. Si lo hacen, creo que será bajo formas nuevas y poco tradicionales para quienes crecimos bajo el paraguas teórico de los movimientos sociales y partidos propios del siglo pasado. Ojalá tengan la sabiduría y la voluntad para traducir sus ideas y su creatividad en nuevas formas de organización social para el bienestar público.

Por lo pronto, en estos días provocaron el inicio de un tsunami que golpeará única y exclusivamente a los partidos políticos. La sociedad, ocupada en las tareas de apoyo y rescate, se daba sus tiempitos para apoyar masivamente en cuanta red social existe, la demanda de reducirles su financiamiento y destinarlo a las tareas de reconstrucción. Era un grito ensordecedor. Se lo ganaron a pulso con tanto dispendio ostentoso y sin recato.

Sin embargo, están respondiendo con demagogia. En principio y declarativamente, están dispuestos a dejar de recibir incluso a la totalidad del financiamiento público. Es irresponsable renunciar a la totalidad de los fondos públicos, ya que ello significa que dependerán de los dueños de fortunas —legales e ilegales, los cuales se volverían más poderosos— o de los fondos públicos que ilegalmente les pasen por debajo gobernadores, líderes sindicales y secretarios de estado. ¿Piensa Enrique Ochoa que le creemos que el PRI vivirá de las aportaciones de sus militantes? Por favor.

Si quieren detener el tsunami de la ira ciudadana, los partidos tendrían que responder de manera conjunta —no en competencia entre ellos con propuestas irreales o contraproducentes— para solucionar de fondo dos problemas que están detrás de su derroche: el modelo de campañas electorales y la ineficacia de los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia de las finanzas partidistas. Si lo hacen así, comenzaré a creerles que les preocupa el país y no sus intereses particulares.

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