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Martes , 11.12.2018 / 23:30 Hoy

Doble mirada

La pobreza del PRI

Guillermo Valdés Castellanos

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No cabe duda de que el PRI es un partido predecible, muy predecible. El desarrollo y los resultados de su 22 Asamblea son expresión de las más arraigadas prácticas y tradiciones políticas de ese partido. Frente a un escenario de retos inéditos, recurrieron a dos recetas tradicionales. Más vale malo conocido que bueno por conocer, fue la consigna. La primera receta fue la de la unidad. La historia les enseñó que el principal valor a defender, por encima de todos, incluido el interés nacional, es la unidad de su instituto político. Ella les permitió mantenerse en el poder desde 1929 hasta 2000; la división de 2005 los arrojó al tercer lugar en la elección de 2006 y la unidad en torno a Peña Nieto fue uno de los factores decisivos que los llevó de nuevo a Los Pinos en 2012.

Frente al terremoto político que significa un gobierno reprobado por 80 por ciento de la población —el cual ha derrumbado tanto la votación del PRI en los últimos tres años como las preferencias para 2018, las encuestas lo ubican en tercer lugar— y el elevado riesgo de ser expulsado de nuevo de la silla presidencial, recurrieron a su experiencia y optaron por cerrar filas en torno a Peña Nieto, el “primer priista de todo México” (como lo definió Enrique Ochoa), para presentarse unidos ante sus adversarios en la contienda del próximo año. No unidad en torno a un proyecto de país ni a una propuesta de transformación de su partido, sino unidad acrítica en torno al Presidente.

En otras palabras, la abrumadora reprobación social al gobierno priista de la República, la creciente debilidad electoral y el miedo a perder en 2018 (esos tres hechos eran el elefante en medio de la sala al cual nadie hizo referencia) fueron los factores que empujaron a la unidad. Honraron pues su tradicional disciplina partidista y aseguraron la conformidad. Nada nuevo bajo el sol.

La segunda receta rescatada fue el dedazo. Sin mencionarlo nunca como tal, pero el segundo saldo de la asamblea fue, al modificar los estatutos para eliminar los candados de elegibilidad de candidatos, el permiso que le dieron a Peña Nieto para designar al candidato a la Presidencia, e incluso le permitieron ampliar la baraja de aspirantes. Frente al enorme reto de encontrar un abanderado competitivo, que tenga credibilidad y pueda contrarrestar la mala imagen del gobierno y del PRI, la decisión es dejar todo en manos de una persona. El dedazo probó ser útil en otras épocas, pero su funcionalidad era decreciente, ya que la pluralidad de intereses difícilmente era percibida e incorporada por un solo actor, por más sabio y poderoso que fuera el presidente en turno. Allá ellos si creen que recurrir al método más tradicional es garantía de acertar sobre el mejor candidato posible. Están en su derecho.

Si a un observador extranjero, que desconozca la historia política de México y del PRI, le dicen que ese partido está en riesgo de perder las elecciones porque el Presidente hizo un mal gobierno al grado de ser el peor evaluado en la historia del país, y luego le informan que los miembros del partido le otorgaron por unanimidad el poder total y discrecional de seleccionar al candidato, la cara de asombro del observador sería mayúscula. ¿Se volvieron locos?, ¿son suicidas?, serían las frases más amables. A los mexicanos, que conocemos al PRI, nos parece natural que hayan recurrido a sus viejas recetas tradicionales. Sin embargo, no dejan de revelar una enorme pobreza de imaginación y de ideas. A los que se ufanan de haber construido las instituciones del país no se les ha ocurrido ni por equivocación, que tienen que refundar la suya, el PRI. Se quedaron sin propuestas. Pobres, solo tienen unidad, mañas y miedo. Si ganan, es porque la oposición puede resultar más pobre por miope y mezquina.

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