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Jueves , 21.06.2018 / 04:12 Hoy

Doble mirada

Historia de un sexenio

Guillermo Valdés Castellanos

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Los dos primeros años del sexenio se dedicaron a la aprobación de las reformas estructurales, las que urgían desde hacía muchos años para destrabar cuellos de botella en la economía, la sociedad y la política. No fueron perfectas y siempre faltó el tema de seguridad, pero sí con el potencial suficiente de catalizar transformaciones profundas. Significaron un impulso inesperado y positivo a la modernización del país.

El sentido común indicaba que el gobierno de Peña Nieto dedicara los cuatro años siguientes a instrumentar eficazmente las reformas, a traducir los cambios constitucionales y legales en nuevas instituciones y prácticas de gobierno; en proyectos de desarrollo de sectores estratégicos (energía, telecomunicaciones, banca de desarrollo, mercados laborales) para que la economía creciera de verdad; en revolucionar el ineficaz sistema educativo y, al último, como la cereza del pastel, el sistema anticorrupción para desterrar un mal endémico y letal de la política. Mejor imposible.

Traducir las reformas en realidades sería una tarea muy compleja en términos técnicos, administrativos y políticos. Se requerirían visión de estadista, gran inteligencia estratégica y un gabinete eficaz y bien coordinado para superar todos los obstáculos. Pero qué político con verdadera vocación de poder y de servicio para transformar un país no quisiera estar al frente de tamaño reto.

Del mismo tamaño del asombro por las reformas antes inalcanzables son el desencanto por los magros resultados logrados hasta la fecha y la preocupación por el futuro. Los saldos de los años tres y cuatro del sexenio son la decepción y la indignación. Vino la crisis política producto de Ayotzinapa y la casa blanca; de la fuga del Chapo y del repunte cruel de la violencia; de una economía cada vez más mediocre y endeudada en medio de un Pemex llevado a la quiebra; de la voracidad sin freno de gobernadores corruptos y de funcionarios ineptos y frívolos por todas partes. Qué manera de dilapidar el capital político y echar por la borda un proyecto de cambio.

Que muchos de los obstáculos enfrentados en estos dos años son reales y difíciles de superar es cierto. Pero la crisis devino no tanto de esos problemas (por ejemplo, la colusión del narco con autoridades locales, la resistencia de la CNTE o la debilidad endémica de la economía) como de la ineptitud y torpeza del gobierno en su conjunto, Presidente y gabinete, para enfrentarlos. Les ganó su visión local, antigua y patrimonialista de gobierno (como si el país fuera Toluca, el siglo XXI los años 50 del siglo pasado y formar gobierno una cuestión de amiguismo y complicidades). Además pensaron que modernizar el país era compatible con un proyecto político-empresarial en beneficio del grupo político del Estado de México.

Así, crearon una severa crisis de gobernabilidad, porque dos de sus componentes esenciales han fallado. Primero, la capacidad de ejecutar el proyecto de gobierno ha sido de una torpeza enorme y, segundo, la aguda pérdida de confianza y credibilidad del Ejecutivo destruyó por completo la capacidad de convocatoria a sumar todo tipo de recursos (financieros, políticos, técnicos, organizacionales) del Estado, de la sociedad y del mercado en torno al proyecto modernizador delineado en los dos primeros años. Faltan los años cinco y seis. ¿Rectificará a fondo el Presidente o conducirá al país a una crisis aún más severa?

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