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Lunes , 25.06.2018 / 06:43 Hoy

Doble mirada

Enojo y miedo, ¿qué hacemos con ellos?

Guillermo Valdés Castellanos

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Ya no es noticia, pero eso no lo hace menos preocupante: la aprobación de Enrique Peña Nieto a fines de agosto llegó a 36 por ciento; además, 38 por ciento de los ciudadanos no le cree nada. Signos de los tiempos. Políticos por un lado y con un rumbo; sociedad en sentido contrario, desconfiada e incrédula. Y no pasa casi nada.

El nivel más bajo de respaldo social de Vicente Fox fue de 39 por ciento en marzo de 2002, pero se recuperó inmediatamente y nunca más volvió a caer tanto. Calderón osciló, sus seis años, alrededor de 50 por ciento de popularidad. Peña Nieto solo ha tenido más de la mitad de aprobación en marzo y septiembre de 2013; el resto de los trimestres ha bordeado 40 por ciento o menos. De esa manera, el gobierno peñista ha establecido un nuevo parámetro de desaprobación sin que ello se traduzca en un problema severo de gobernabilidad. Gobierno y sociedad nos vamos acostumbrando a convivir con mayores grados de separación.

Otros datos del estado de ánimo social deteriorado. Hace un año, la situación del país generaba sentimientos positivos en 60 por ciento de los ciudadanos: 37 por ciento sentía esperanza y 23 por ciento orgullo. Se acababan de aprobar las reformas estructurales. Doce meses después, las respuestas a esa misma pregunta —frente a la situación actual del país, ¿qué siente usted?— los que dijeron tener esperanza se redujeron a 24 por ciento y los orgullosos descendieron a 14, mientras que los enojados crecieron de 26 a 36 por ciento y los que sienten miedo de 17 a 19 por ciento. Ya no somos el país de la segunda ola modernizadora en puerta, sino el de los narcos que controlan municipios y masacran normalistas, de la fuga de El Chapo y de las casas compradas al contratista del gobierno. Miedo y enojo.

Para completar el cuadro emocional negativo, el índice de expectativas económicas de los ciudadanos —que mide el ingreso familiar, su poder de compra, la posición laboral y la posibilidad de acceder a créditos— cayó 7 puntos en el último trimestre. Ello concuerda con la percepción negativa sobre la situación económica del país, ya que si en mayo 21 por ciento de los ciudadanos opinaba que era mala, en agosto lo hacía 35 por ciento. (Todos los datos son de la última encuesta GEA-ISA. Consultable en: http://structura.com.mx/gea/).

Sin que ello implique resignación, por lo pronto hay que asumir como un dato que gobiernos impopulares y ciudadanos enojados pueden convivir, tolerarse y aguantarse mutuamente, sin que ello signifique necesariamente "primaveras" al estilo árabe o destituciones como en Guatemala. Y no es solo México. Brasil y España son dos ejemplos de democracias en crisis con ciudadanías movilizadas, indignadas y gobiernos que resisten.

La pregunta pertinente no debiera ser cómo tumbar a los gobernantes impopulares e ineficaces (los sustitutos pueden salir peores o generarse crisis severísimas de gobernabilidad. Véanse Siria, Libia o Egipto), sino cómo las sociedades enojadas pueden —aprovechando la fragilidad de gobernantes impopulares— forzar cambios en el modo de operar de los gobiernos que contribuyan a construir democracias de mayor calidad. Es decir, normas que obliguen a los partidos a ser más serios y responsables; gobiernos con menos márgenes para la ineficacia, la corrupción y la impunidad; sociedad civil más poderosa y organizada; ciudadanos respetuosos de la cultura de la legalidad y de la participación en los asuntos públicos. Contra el enojo y el miedo, más y mejor democracia.

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