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Miércoles , 17.10.2018 / 20:02 Hoy

Doble mirada

El tigre suelto, la PGR y el país al barranco

Guillermo Valdés Castellanos

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El problema de las crisis políticas y sociales es que difícilmente tocan fondo. En otras palabras, las instituciones públicas ineficaces; los políticos deshonestos y autoritarios; el deterioro económico gradual pero cierto y la violencia criminal siempre pueden empeorar. Y, por tanto, el desencanto y la indignación de las sociedades con todo lo anterior puede crecer y crecer. Y cuando el enojo le gana a la razón, el riesgo de tomar malas decisiones es real. Los ingleses se arrepintieron de salirse de la Unión Europea al día siguiente de haberlo decidido en las urnas; la estupefacción de los estadunidenses de haber llevado a Trump a la presidencia crece día con día (aunque no al ritmo que nos gustaría).

Esto viene a cuento porque en los últimos días pareciera que, con motivo de la elección presidencial, hay quienes pretenden empujar el país al desfiladero de una crisis política mayor. La semana pasada comenté los severos daños que causaría al proceso electoral utilizar la procuración de justicia como instrumento de la campaña del PRI contra Ricardo Anaya. De confirmarse el uso faccioso de las investigaciones de la PGR contra un candidato, el gobierno habrá abonado el terreno para el grito, justificado o no, de fraude el 1 de julio. Lo que estaba esperando “ya sabes quién”.

Pues López Obrador, ni tardo ni perezoso, aprovechó la ocasión para mandar el mensaje, con su ahora habitual ambigüedad, de que él cree en la buena fe del presidente Peña de que no intervendrá en el proceso electoral, al mismo tiempo que señala, como no queriendo, que si no cumple su palabra, “el tigre” se quedará suelto y aténganse a las consecuencias si le hacen fraude. Definido éste, por supuesto, según sus términos.

El tema es demasiado serio para dejarlo pasar. La lucha por la democracia llevó varias décadas y un esfuerzo enorme de millones de mexicanos. Una de sus culminaciones fue la alternancia en la Presidencia hace 18 años. Es claro que la democracia no ha sido la panacea a los serios problemas del país —nunca lo ha sido en ningún lugar del mundo—, pero es el piso para ponernos de acuerdo, sin recurrir a la violencia, sobre el rumbo del país y quiénes deben conducirlo. Está lejos de ser perfecta, pero a partir de 2006 los mismos partidos, que han sido los beneficiarios de la democracia, comenzaron a minarla. Los falsos alegatos de fraude en 2006 y luego en 2012 propalados por López Obrador, contribuyeron de manera importante a que un sector relevante de la ciudadanía comenzara a desconfiar de la democracia y a cuestionar, sin fundamentos serios, a las autoridades electorales. Hasta destituyeron a los consejeros del entonces IFE.

Las últimas reformas electorales pusieron las bases para que las campañas electorales se hayan convertido en despilfarros multimillonarios ofensivos, desprestigiando más a la democracia. No obstante, las alternativas son peores. La solución a los muchos defectos de las instituciones democráticas es más democracia —más participación de más ciudadanos organizados; reglas contra la partidocracia; simplificación de la normatividad electoral; nuevo modelo de campañas y de su financiamiento; más transparencia en la conformación de las autoridades electorales, etcétera— y no una campaña de socavamiento de las instituciones.

El problema es real. La democracia ha perdido respaldo y está en riesgo; la insatisfacción con ella es de 70 por ciento y 44% de los ciudadanos piensa que en los comicios de julio próximo habrá fraude; 17% de la población prefiere un gobierno autoritario a uno democrático y a 30% le da lo mismo.

En este contexto, la tentación de ganar a como dé lugar ya sea utilizando las instituciones del Estado, o proclamando por adelantado un triunfo que aún está lejos de ser un hecho, y amenazar con soltar al tigre si él considera que hubo fraude, son actitudes y acciones muy peligrosas, pues pueden acabar por enterrar lo que queda de la democracia mexicana y, con ello, darle un empujón al país a un barranco que pudiera no tener fondo. Cuidado.

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