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Sábado , 20.10.2018 / 00:34 Hoy

Doble mirada

El PRI y Meade en su laberinto

Guillermo Valdés Castellanos

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El dedazo se consumó. A la más vieja y rancia usanza priista. El presidente Peña Nieto no escatimó recursos políticos ni mediáticos para ostentar la vigencia de la liturgia del dedazo, cuyo eje consiste en el despliegue impúdico de la voluntad presidencial sobre su partido, como el único y verdadero factor de poder, y el consiguiente acatamiento amplio (no unánime, pues nunca lo ha sido) y festivo (¿aparente o real?) por parte de lo que queda de la vieja y anquilosada estructura priista. Por eso, son válidas las críticas a la resurrección del viejo ritual y a lo que implica en términos de la permanencia de un estilo de hacer política que exhibe autoritarismo y culto a la persona, en detrimento de una política fundada en métodos democráticos e institucionales (sin caudillos).

Sin embargo, es necesaria una segunda mirada, porque la realidad es más compleja. No todo se reduce a una repetición idéntica del dedazo. Hay una novedad no menor: el escogido por el dedo no es un militante priista, sino un simpatizante y ello rompe, al menos parcialmente, con una parte de la tradición. Recurrir a José Antonio Meade, un funcionario de larga trayectoria en el servicio público, con un historial limpio y de eficiencia administrativa, es una apuesta doble.

Primero, a que la personalidad y los atributos del candidato compensen los errores y el mayor desprestigio del PRI en su historia. En la política actual, ante el enorme descrédito de los partidos, los candidatos juegan un papel decisivo. El PRI trata de hacer lo mismo que Morena con López Obrador. El Frente nace porque ninguno de los partidos que lo componen tiene un candidato fuerte. En Jalisco, el Frente no irá porque Alfaro le da a MC lo suficiente para ganar, sin necesidad de aliarse. Paradoja: en tiempos en que gobernar bien depende fundamentalmente de políticas serias e instituciones sólidas y eficaces (los caudillos son nefastos y contraproducentes), los procesos electorales apuestan al carisma de los candidatos. Ningún partido escapa de ella. ¿Le saldrá a Peña Nieto su apuesta? ¿Los votos que consiga Meade fuera del PRI compensarán eventuales pérdidas de priistas desencantados con la decisión? Lo veremos. El segundo componente de la apuesta de Peña tiene que ver con el futuro del PRI, pues lo está poniendo en manos de un no priista: ¿Zedillo dos? Dado el profundo desprestigio que se ha ganado este sexenio, traducido en el peor nivel de preferencias electorales al inicio de una sucesión presidencial, aun en caso de ganar Meade, el futuro de su partido dependerá de una renovación radical. Y si la apuesta de Peña es —como lo señalan algunos de sus críticos— garantizar un pacto de complicidad para la corrupción ocurrida en este sexenio (más de lo mismo) no solo el PRI, sino tampoco el gobierno de Meade tendría un porvenir promisorio.

¿Qué compromisos tendrá que hacer y posiciones entregar el precandidato para que el PRI se comprometa a fondo en su campaña y, en caso de triunfar, con quién gobernará y qué intereses y privilegios no tocará? ¿Mantendrá Meade la política esquizofrénica frente al tema de la corrupción como lo ha sido la de este gobierno: apruebo el sistema anticorrupción, pero le asigno cero pesos para que no funcione; permito la corrupción escandalosa de gobernadores y altos funcionarios federales y luego hago persecuciones selectivas? Creo que a estas alturas del partido ni siquiera Meade tiene respuestas claras a esas preguntas. Pero más le vale tener ideas claras de cómo salir bien de la encrucijada.

La historia del PRI ha sido ambas cosas. Por un lado, la cultura del autoritarismo, del corporativismo y clientelismo; del dedazo, de la corrupción, de la primacía de intereses particulares sobre los del país. Pero también el constructor de instituciones que han posibilitado algunos de los cambios necesarios para el país. Los priistas con vocación y visión de Estado —los que promovieron y construyeron esas instituciones— han venido a menos y prácticamente son especie en extinción. ¿Los podrá revivir Meade o lo aplastarán los vicios y las liturgias del pasado?

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