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Lunes , 18.06.2018 / 00:56 Hoy

De pragmatismo, percepciones y números

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La distancia entre AMLO y Anaya se redujo entre noviembre y enero. Contra la percepción generalizada en ciertos círculos de opinión de que López Obrador va en caballo de hacienda a Los Pinos, las dos encuestas públicas que se conocen aseguran lo contrario. Y digo en contraposición a lo que se esperaba, pues no recuerdo una semana tan buena para López Obrador en sus tres campañas, como la pasada. Todo fue comentarios elogiosos (algunos preocupados) por lo bien que la está haciendo. La lista es larga. Los hubo para destacar el humor con que se burla y minimiza las críticas que le hacen, aunque sean asuntos realmente serios (Rusia, Venezuela), al grado de que se vuelve nota: AMLO se divierte haciendo precampaña mientras que Meade sufre y Anaya se dedica a nimiedades. Otros señalaron su capacidad para fijar la agenda, a pesar de que lo haga con propuestas francamente regresivas (cancelar la reforma educativa y regresarle el poder al sindicato).

Muchos análisis se dedicaron a resaltar la cargada de nuevos conversos a la fe lopezobradorista, destacadamente la de la senadora Gabriela Cuevas (¿cómo es posible alcanzar ese nivel de incongruencia y exhibirlo sin rubor en tantas entrevistas?); otros hicieron lo propio con los desplantes de autoritarismo (que destilan desprecio por la gente y por sus seguidores, como fue el dedazo que ungió a Cuauhtémoc Blanco como candidato a gobernador en Morelos) o el reparto de perdones a diestra y siniestra (¡ya perdonó a Carlos Salinas, fundador y jefe de la mafia!) y los llamados a que se sigan sumando a su cruzada todo tipo de desertores, oportunistas, corruptos y mafiosos arrepentidos, porque de ellos será el reino de los cielos (es decir, un huequito en su gobierno).

Todo ello aderezado por el triunfalismo del mismo AMLO, que repite —al igual que hace 12 años— que va 15 puntos arriba en las encuestas (las cuales solo él conoce, ya que nunca las muestra o son negadas por los supuestos autores) con la intención clara de crear una percepción de que su triunfo es inevitable, al grado de que declaró que la campaña ya no le importa, y que lo que le preocupa son las propuestas de gobierno y su equipo. El círculo se completa cuando en un periodo de pocos días los analistas titulan sus artículos con variantes del mensaje que López quiere que se convierta en la verdad inapelable: ¿quién va a parar a AMLO? ¿Qué haremos una vez que gane? AMLO ya cambió, se ha vuelto un pragmático (aunque cada vez más contradictorio e incongruente) y su estrategia le ha resultado. Resultado final: un cambio en el estado de ánimo… del círculo rojo, que se lee a sí mismo, se retroalimenta y acaba comprando la versión.

El problema es que la realidad no es tal. Las únicas dos encuestas públicas de este año, las de El Universal (Buendía) y de El Economista (Mitofsky) coinciden en los siguientes datos: a) López Obrador va en primer lugar. Pero, b) en ambas la distancia con Ricardo Anaya, segundo lugar, no se agranda, sino al contrario, se reduce al comparar los resultados de noviembre con los de enero. A fines de 2017, en la medición de Buendía, el tabasqueño tuvo en noviembre 31% de intenciones de voto contra 32% en enero, creció solo un punto. Anaya pasó de 22 a 26%, por lo que la distancia se redujo de nueve a seis puntos. Según Mitofsky, en noviembre, López Obrador aventajaba por 3.6 puntos al panista; en enero AMLO lleva 23.6 y Anaya, 20.4, la distancia se redujo a 3.2 puntos. C) El que efectivamente no crece es Meade, que en ambas mediciones cae en las preferencias: El Economista le da 18 y El Universal, 16.

Estos datos no confirman un despegue espectacular de AMLO, ni una ventaja insalvable, sino menor, por lo que hoy a fines de enero, se anticipa una competencia más cerrada con respecto a la que esas encuestas pronosticaban hace dos meses. Insisto en mi tesis de hace dos meses: esta elección la ganará quien se equivoque menos. Entre noviembre y enero el que lo ha hecho es Meade.

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