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Lunes , 10.12.2018 / 10:27 Hoy

Doble mirada

De dedazos y otras mentiras democráticas

Guillermo Valdés Castellanos

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¿Quién iba a pensar que ya bien entrado el siglo 21 y con instituciones democráticas, no perfectas pero sí sólidas y más o menos funcionales, presenciaríamos el regreso triunfal y legitimado unánimemente del dedazo en su forma original en el PRI y de su versión demoscópica (como atinadamente lo bautizó Héctor Aguilar Camín) en el caso de López Obrador? Sorpresas te da la vida.

En principio, el tema es un asunto interno de los partidos. La ley electoral les permite distintos métodos para seleccionar a sus candidatos a puestos de elección popular (entre ellos el de unidad, nombre técnico de los dedazos) y mientras no violen sus estatutos (que a su vez deben ser congruentes con la ley electoral) están en su derecho de elegir a sus abanderados como mejor les parezca. A fin de cuentas, si éstos son malos o carecen de respaldo de la militancia de sus partidos, los ciudadanos los castigarán en los comicios. Actúan bajo su propio riesgo y no son pocas las veces en que se han equivocado.

Sin embargo, no deja de ser de interés general, en tiempos en que los ciudadanos le han retirado de manera acelerada la confianza y credibilidad a las instituciones democráticas, que los partidos recurran a métodos de selección de candidatos que refuerzan la percepción en la ciudadanía de que éstos —los actores políticos más desprestigiados— son camarillas de ambiciosos sin escrúpulos, que se valen de todas las artimañas posibles para perpetuarse en el poder, tanto de su partido como de los puestos de representación. En otras palabras, aunque sean legales, los procedimientos poco democráticos para elegir candidatos también deslegitiman la política. Mal asunto, pues la sociedad seguirá sin referentes éticos a quienes creerles porque demuestran congruencia entre lo que predican y lo que hacen.

Al recurrir a los dedazos o a las encuestas hechas en lo oscurito, como la de Morena en Ciudad de México, los partidos mandan la señal de que le tienen miedo a la democracia interna. El argumento de que una elección abierta a los militantes es riesgosa y puede ser manipulada por las burocracias que controlan a los partidos es válido en la medida en que éstos ni siquiera han sido capaces ni honestos de hacer un padrón real y confiable de sus afiliados. Qué vergüenza, como si no tuvieran dinero para esa simple tarea.

El informe reciente del INE sobre los padrones inflados en todos los partidos políticos —que señala que 5 millones de un total de 19 millones de ciudadanos inscritos en ellos son registros duplicados o falsos. Aun así, ¿usted cree que hay 14 millones de ciudadanos activos en las tareas partidistas o que el PRD afilió a más de 2 millones de simpatizantes o que el PRI pasó de 5 a 6.4 millones de militantes en los últimos años?— simplemente confirma la poca seriedad que les merece la democracia, ya que disponer de un registro real, actualizado y transparente, es la condición mínima y básica para poder funcionar con estándares democráticos. En casa del herrero, azadón de palo.

En los próximos seis meses los partidos habrán seleccionado más de 20 mil candidatos a las elecciones de julio de 2018 (estarán en disputa 3 mil 326 cargos, incluido el de presidente de la República, nueve gobernadores, más de mil alcaldías y el resto serán legisladores estatales y federales, que multiplicados por ocho partidos darían más de 26 mil candidatos) y en vez de un despliegue de ejercicios democráticos, asistiremos a un aquelarre de disputas, pactos inconfesables, dedazos, traiciones, candidatos chapulines, etcétera. ¿Esos candidatos serán los mejores ciudadanos para gobernar a la sociedad o elegiremos a los dueños de los partidos y a sus cuates más cercanos? Viva la democracia mexicana.

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