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Lunes , 10.12.2018 / 00:58 Hoy

Doble mirada

Autogol

Guillermo Valdés Castellanos

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A principios de 2006, 60 por ciento de los ciudadanos tenía una imagen positiva de López Obrador y únicamente 10 por ciento la tenía negativa. Si a las primeras le restamos las segundas, el saldo era de 50 puntos positivos. Ese enorme capital político lo derrochó en 12 meses, especialmente por el berrinche posterior a su derrota frente a Felipe Calderón, que se expresó en el plantón de sus seguidores que cerraron el Paseo de la Reforma durante 45 días.

A partir de 2007, el segmento de población que tiene una imagen positiva de AMLO ha oscilado entre 20 y 30 por ciento y el que tiene una imagen negativa se ha movido entre 40 y 50 por ciento. Por tanto, el balance ha sido negativo, ya que hay muchos más mexicanos que piensan mal de él. Nunca se ha repuesto, ni siquiera ahora que la corrupción del PRI inundó el país y le ha dado la razón en su discurso en esa materia. Por tanto, desde hace 10 años la imagen del ahora presidente de Morena ha sido predominantemente negativa.

Lo anterior viene a cuento porque las encuestas de preferencias electorales para 2018 señalan que AMLO ha estado posicionado como el puntero indiscutible con alrededor de 30 por ciento de las intenciones de voto. Ese hecho es interpretado por sus seguidores y no pocos analistas como señal de una gran fortaleza electoral y, segundo, como indicio de un triunfo prácticamente irreversible.

Sin embargo, esas conclusiones hay que matizarlas a la luz de los datos citados al principio de este texto. Aunque ningún otro aspirante a la Presidencia supera a López Obrador, también es cierto que su ventaja ni es considerable (no supera los cuatro o cinco puntos) y tampoco crece. Está instalado en poco menos de un tercio de las preferencias. En agosto de 2005, 11 meses antes de la elección de 2006, Andrés Manuel tenía 43 por ciento de intención de voto, 13 puntos más que ahora.

La explicación de su estancamiento en 30 por ciento puede encontrase, muy probablemente, en esos datos duros de opiniones positivas (20-30 por ciento) y negativas (40-50 por ciento) que no se han alterado en una década. Es decir, AMLO tiene un segmento muy fiel de seguidores y un bloque mayor de detractores. Resta alrededor de 25 por ciento de ciudadanos que no tienen opinión negativa ni positiva; les es indiferente. Para que aumenten las intenciones de voto de López Obrador tiene que convencer a ese grupo de electores indiferentes o a una parte de quienes piensan mal de él. Ninguna de esas dos tareas es fácil. Quienes no lo quieren son tan aferrados a sus prejuicios como los que lo idolatran. Y los indiferentes son terriblemente desconfiados no solo de AMLO, sino de todos los políticos.

El problema para él es que su actuación reciente ha reforzado la mala imagen entre sus detractores y probablemente ha desencantado a los indiferentes. El dedazo mediante el cual ungió a Claudia Sheinbaum como candidata a la Jefatura de Gobierno de CdMx, lo exhibió como un político no solo autoritario, sino soberbio que desprecia no solo a los miembros de su partido, sino a los ciudadanos en general, a quienes cree estúpidos que no se dan cuenta de sus prácticas antidemocráticas. Si de algo está harta la población es de políticos incongruentes, hipócritas, que dicen una cosa y actúan en sentido contrario y para rematarla, cuando son exhibidos, guardan silencio y fingen demencia.

El 30 por ciento de electores que lo ha seguido desde siempre lo respaldará haga lo que haga (menos los que se vayan con Monreal y después los desencantados con los próximos dedazos); el otro 40 por ciento de los ciudadanos que lo aborrece, habrá confirmado su mala opinión. Los indiferentes, esos que pueden sumarse a su causa y aumentar su ventaja, no deben estar muy animados después de su dedazo demoscópico y su prepotencia. Ya veremos, pues aún falta mucho.

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