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Martes , 25.09.2018 / 22:47 Hoy

Entre pares

Ruta libre en apariencia

Guillermo Colín

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Anticlimático, contra el pronóstico del apocalipsis financiero si triunfaba AMLO, el tsunami morenista que políticamente cubrió al país luego de las pasadas elecciones ya lleva más de diez días de haber ocurrido sin sobresalto. No es homogénea la sensación, pero ciertamente el nuevo país quiere ponerse en marcha.

Más allá del ritmo de actividad que despliega López Obrador (a quien algunos trasnochados todavía llaman “Liópez”) y su equipo compacto (que ya andan en la India viendo refinerías de las cuales han prometido varias), no se vislumbra que sobrevenga el cataclismo que los catastrofistas aseguraban. Al contrario, se percibe en la premura inicial una apuesta al aprovechamiento de las circunstancias, muy pocas veces históricas, muy pocas veces asequibles para marcar un derrotero a una nación.

Lo que se ha podido constatar es esa pequeña muchedumbre (impensable de aglomerarse así en torno de cualquier otro político mexicano) que día y noche se arremolina en torno a la actual morada de AMLO a la espera de verlo, tocarlo o entregarle presentes y peticiones. Una estampa que rememora a aquélla del presidente Cárdenas sentado al ras de tierra con dignos ejidatarios, estudiando a la luz de un quinqué sus expedientes agrarios.

El peso se aprecia, los mercados siguen relativamente estables, las calificadoras confirman lo que ya habían dicho: que no habría grandes vaivenes y, por el contrario, parece que buena parte del país, más de 30 millones de mexicanos, ha amanecido en cada uno de estos días mirándose como una colectividad diferente a la que antes había sido, reconociéndose a sí misma en una suerte de alborada política con esperanza. Por primera vez en su historia México tiene un Presidente de izquierda electo democráticamente, sin sobresaltos, ejemplificado con el encuentro que AMLO sostuvo con EPN en el emblemático Palacio Nacional.

Decisiva la abrumadora legitimidad que confirieron esos 30 millones de ciudadanos al nuevo gobierno, tanto como por haber conquistado una muy amplia mayoría de posiciones que –aparte de trascendentales curules en el Congreso– van desde casi todas las gubernaturas en disputa hasta los congresos estatales y las presidencias municipales. Decir que es un carro completísimo de oro en capital político no es metáfora. Morena recibirá en prerrogativas cascadas de fondos públicos como nunca lo hubiera imaginado. Y faltará ver si se ataca la corrupción desde los inicios del nuevo régimen. Ya hay por lo menos media docena de expedientes sancionables y uno de ellos (que ya mereció la multa del INE) es el fideicomiso que Morena instituyó para los damnificados (moralmente es doble obligación aclararlo).

Sin lugar a dudas, ese enorme voto pro AMLO fue factor decisivo en el pacífico reconocimiento generalizado de su triunfo inobjetable, y generador del apoyo político subsecuente (así fuera de oropel y de dientes para fuera) desbordado en una “cargada” por parte de los empresarios más poderosos del país, que días antes lanzaban furibundos anatemas a su persona y quienes hasta grabaron un video musical, de pésima producción, donde se les ve ahora cantando loas de aparente reconciliación con el denostado. Todos salvo la reaccionaria Coparmex, que –hosca como ha sido con el poder público que no responde a su ideario– dijo no andar “en busca de afectos ni de cercanías”, por lo que negó existiera luna de miel entre empresarios y AMLO.

Hasta en EU se dio un punto de quiebre. En una llamada telefónica de felicitación, Trump dispensó a AMLO cierta afabilidad diplomática –rarísima en él–, como si subrayara con ella su antipatía profunda contra EPN, a quien Trump maltrató en el transcurso de una pésima llamada entre ambos presidentes. Con AMLO en cambio, Trump pronosticó “buena relación” y al parecer se escucharon mutuamente con cordialidad y respeto. Nadie duda que mañana el norteamericano pueda actuar en sentido contrario, mas no es un mal inicio.

La que está de regreso es la comentocracia antipejista con nuevos ardides de redacción, sintetizados en un cartón de Helio Flores en El Universal, donde describe los nuevos lamentos: “que no tenga contrapesos”, “que haya ganado sin hacer fraude”, “que haya generado tantas expectativas”… Hubo quien salió en tórrida defensa de Los Pinos (referente que no evoca nada a los mexicanos más que las altas bardas detrás de la cuales duermen los presidentes de México, pero nunca a la manera que se hace afectiva la patria como con el Castillo de Chapultepec, o el Palacio de Bellas Artes o desde luego el Palacio Nacional) y a falta de mejor tema rechazó airado su anunciada reconversión en museo: “AMLO no tiene derecho a cerrar Los Pinos. Sus 30 millones de votos no justifican tal abuso. Es como si mandara demoler Palacio Nacional”, escribió con desmesura Becerra Acosta en Milenio. En la libertad de expresión son bienvenidos hasta los excesos, como los del CNTE y el EZLN, que pintando una raya ideológica, rechazaron a Morena (“podrá cambiar el capataz, pero el finquero sigue siendo el mismo”).

gcolin@mail.com

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