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Lunes , 28.05.2018 / 04:54 Hoy

Entre pares

Niños de Chernóbil

Guillermo Colín

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Tan geográfica como culturalmente distante de Bielorrusia, en el noreste mexicano yace un Monterrey ensimismado en el espejismo de la globalización y el fetiche de la competitividad, eufemismos que a menudo esconden realidades de plena injusticia (por ejemplo salarios para empleos no calificados de 200 pesos diarios en promedio, a los que hay que descontar 20 pesos para un kilo de tortillas y 48 para transportarse al trabajo. Competitividad le llaman). Un Monterrey que en lo colectivo poco mira al mundo exterior salvo para propósitos específicos de manual industrial. Ahora un libro nos asoma al otro lado del mundo y nos permite escuchar por voz de los afectados, vía la Nobel de Literatura 2015, una de las tragedias más dramáticas del siglo XX: la explosión del reactor nuclear de Chernóbil y la catástrofe ambiental consecuente, cuya radioactividad no mitigará sus efectos sino hasta dentro de 14 mil 500 años, o lo que es lo mismo: hasta 145 siglos más tarde.

Se trata de un texto que no requiere mayor comentario previo. Sus páginas son dantescas o sobrecogedoras y acaso al leerlas alguna cavilación susciten al regiomontano, siempre tan práctico para no meterse en honduras reflexivas.

Extractos:

"Doy clases de literatura rusa a unos niños que no se parecen a los que había hará unos diez años. Ante los ojos de estos críos constantemente entierran algo o a alguien. Lo sumergen bajo tierra. A conocidos, casas y árboles. Lo entierran todo. Cuando están en formación estos niños caen desmayados; cuando se quedan de pie por unos minutos les sale sangre de la nariz. No hay nada que les pueda asombrar ni alegrar. Siempre somnolientos, cansados. Las caras pálidas grises. Ni juegan ni hacen el tonto. Y si se pelean, si rompen sin querer un vidrio, los maestros hasta se alegran. No los riñen, porque no se parecen a los niños. Y crecen tan lentamente... Les pides en una clase que te repitan algo y el crío no puede; la cosa llega a que a veces pronuncias una frase para que la repita después y no puede. ¿Pero dónde estás? ¿Dónde? Los intentas sacar del trance.

"Nuestra vida gira en torno a una sola cosa, en torno a Chernóbil. ¿Dónde estabas entonces, a qué distancia vivías del reactor? ¿Qué has visto? ¿Quién ha muerto? ¿Quién se ha marchado? ¿A dónde? Chernóbil está cada día con nosotros. Un día murió de pronto una joven embarazada. Sin diagnóstico alguno. Una niña de ocho años se ahorcó. Sin más. Y el mismo diagnóstico para todos, todos dicen: Chernóbil.

"Recuerdo aquellos días. Me ardía la garganta y notaba un peso, una extraña pesadez en todo el cuerpo. Las piernas empezaron a dejarnos de responder. Todos los de nuestro alrededor se quejaban, nuestros amigos, toda la gente. Ibas por la calle y te parecía que de un momento a otro te ibas a caer al suelo. Que te ibas a acostar en el suelo y dormirte. Los escolares se tumbaban sobre los pupitres y se dormían en medio de la clase. Y todos se volvieron terriblemente tristes, malhumorados, en todo el día no veías una cara contenta, o que alguien de tu alrededor le sonriera a otro.

"Los niños se quedaron todo el verano en la escuela; los soldados lavaron el edificio con detergente, retiraron la capa superior de la tierra de todo alrededor. Pero al llegar el otoño ¿qué? Pues que mandaron a los colegiales a recoger la remolacha. Mandaron a los campos incluso a los estudiantes de las escuelas técnicas. Los mandaron a todos. Chernóbil era menos terrible que dejar la cosecha sin recoger en el campo.

"Antes no apreciábamos este mundo que nos rodea. Un mundo que era como el cielo, como el aire, como si alguien nos lo hubiera regalado para toda la eternidad, y como si no dependiera de nosotros. Allí estaría para siempre.

"Los niños crecen dentro de la casa. Sin el bosque, sin los ríos. Sólo pueden mirarlos desde la ventana. Y cuando entro en la clase veo a niños que observan pero no viven. Les tengo que ayudar. El mundo se ha partido en dos: estamos nosotros, la gente de Chernóbil, y están ustedes, el resto de los hombres...".

Voces de Chernóbil/ Svetlana Alexievich.


gcolin@mail.com

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