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Entre pares

La izquierda tomó Los Pinos

Guillermo Colín

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Una de las imágenes emblemáticas del cambio sexenal de Peña Nieto a López Obrador, es una foto viral que muestra a una familia numerosa de la sierra guerrerense posando en la escalera de mármol que conduce a los lujosos aposentos de la planta alta, en la que fuera exclusiva residencia oficial de sucesivos presidentes de México por más de 50 años.

La escena (escenografía o tramoya si así se quiere ver, pero también verdadera), refleja el azoro de los desposeídos en el contraste de sus modestas ropas con la opulencia circundante.

“¡Eran ricos!”, suelta al aire –según la crónica periodística- una niña descalza que danza entre cortinajes, alfombras, muebles revestidos de piel, obras de arte, esculturas y lustre por doquier.

“¿Y seguirán siendo ricos?”, le preguntó la menor de edad a su mamá.

“Sí hija”, la tranquilizó la señora.

“Aunque ya no nos seguirán robando”.

Ellos y otros 100 mil visitantes más en los siguientes tres días atestiguan desde el 1 de diciembre cómo vivían en la cúspide del poder. La imagen resume el simbolismo: un cambio pacífico a un régimen de izquierda que (acaso) pone fin a 36 años de derecha neoliberal en México.

Apenas una alegoría insurgente podría hacer justicia a la gesta sin violencia que se observa. Sale de Los Pinos una representación de la plutocracia y apenas detrás de ella entra el pueblo resignificando la toma pacífica del poder. No es mero traspaso de estafeta. Es otro juego de reglas y paradigmas los que (quizá) imperarán en adelante. Triunfa un amplio sector de la izquierda mexicana con 30 millones de votos. Electorado que, no obstante haber triunfado, antes debe arrebatar su derecho al cambio a las nefastas “calificadoras” y a los ominosos “mercados”. No puede haber cambio de política económica nacional sin su anuencia. Y ellos tienen sus barricadas en los Mercados de Valores.

Por ahora las instalaciones de Los Pinos evocan a modo de un museo del horror de la corrupción, el origen de la estrepitosa derrota electoral del Ancien Régime neoliberal, que hoy se consuma con la toma de posesión de AMLO. Ya habrá tiempo de recordarles quiénes son los que mandan. De hecho, sin mayor dilación ya lo hacen (“populista, demagogo, retrógrado, nos va a ir mal, muy mal”, sentencia el empresario Claudio X. González sin caer en cuenta que, de tener éxito AMLO, su presagio puede volverse una profecía autocumplida en sí mismo, el agorero hombre X.).

Los ciudadanos toman posesión del otrora recinto del poder como sus verdaderos detentadores. Una enfermera de Apatzingán resume: “El recinto es de todos los mexicanos y nada más unos lo gozaban”. Cuenta su tribulación que es a la vez desventura de miles en condición semejante: “soy enfermera certificada, especialista en urgencias, pero por la consabida corrupción que propicia la venta de plazas me tienen relegada a consulta externa en el ISSSTE (…) espero que con el licenciado Obrador acabe la corrupción (…) y las cosas cambien para nuestro bien”.

A muchos visitantes no se les escapa el significado de su presencia: “Venimos porque sabemos que es un momento histórico, que será recordado por muchos años. Éste es el resultado de muchas luchas y se cumplió el sueño de que ganara finalmente la izquierda”, dice un agricultor de Michoacán. Por lo menos este pueblo sí tiene memoria histórica, puesta en vilo probablemente desde Cárdenas, cuando éste torció el rumbo de la historia al inclinarse por ceder el poder a Ávila Camacho, en vez de decantarse por Mújica.

Estas voces las recogen reporteros y periódicos inclinados a la derecha, de los que hoy llaman “fi-fí”, por lo que estos dichos adquieren veracidad insospechable. Toda la jornada de toma de posesión de AMLO es en sí un desmentido al tsunami de rumores malignos que inundó al México pre-electoral y después. Que si el país amanecería hecho un caos, convertido en otra Cuba o en otra Venezuela, o que si el peso se derrumbaría y la economía se colapsaría, etc.

Al salir de Los Pinos, la tarde luminosa enmarca la majestuosa Plaza de la Constitución (que no “zócalo capitalino” como gritan zafios conductores televisivos), donde la efusividad de 160 mil almas de población urbana e indígena se desborda entusiasmada en un ritual o performance según se quiera ver. Por primera vez en la historia, los bastones de mando de los pueblos indígenas son entregados en ceremonial que complementa la toma de posesión civil y dispara la energía de los anhelos propios en realidad colectiva: “Jamás imaginé que un Presidente de México pudiera arrodillarse frente a un indígena, arrodillado ante 160 mil personas observando” escribe un reputado columnista.

“AMLO solo es un populista más” —reanuda el eslogan desde la campaña negra—. Pero por cada uno de esos, hay 100 mil más que se entregan y creen y siguen a AMLO. Una compositora revela lo que siente: “Un momento único ¡Desde que nací no había yo vivido tal esperanza para nuestro país!”. De ese tamaño lo que ha nacido.

gcolin@mail.com

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