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Viernes , 14.12.2018 / 14:47 Hoy

Entre pares

Extrañas dicotomías

Guillermo Colín

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¿Qué lleva a miembros destacados de la comentocracia, como al experimentado comunicador Raymundo Riva Palacio, a escribir que el ideario de AMLO es “impecable” como “principios rectores para lo que quiere ser: presidente”, y justo a renglón seguido desacreditarlos como parte de un proyecto que “sigue sin convencer”? La diferencia entre un ideario “impecable” con el que muy difícilmente se podría estar en desacuerdo (RRP dixit) y el mismo pero que “no convence”, es una ambivalencia quizá explicable en los ámbitos de la siquiatría.

Misterio arcano montado sobre una dialéctica de supuestos con pretensiones históricas. A saber: que AMLO propone un proyecto –a rajatabla, sin matices, ni mediaciones– cuyo “modelo fue puesto en práctica por Adolfo Ruiz Cortines y que pertenece a un mundo que dejó de existir en 1971”. Otros remontan la crítica hasta la Revolución o el Cardenismo. La única estrella fulgurante que en sus pregones alumbra en adelante el destino de la Patria es el señalado por los precursores del “no hay que destruir lo alcanzado”. Es decir, México ya tiene su objetivo, un clarísimo futuro y es homogéneo el respaldo nacional que provoca. No hay discusión que amerite ponerlo en duda. Si acaso alguna hubiese es que se vota “enojado y con coraje”. Las elecciones entonces solo sirven para ratificar al pueblo el hallazgo de sus élites y recetar ansiolíticos a los que quieren dar mejor vida a sus hijos.

De entre las líneas discursivas que se han intentado para descalificar la oferta electoral de AMLO (como en la fallidamente pronosticada sequía de la inversión extranjera, por ejemplo, cuando las calificadoras más renombradas del planeta ni se inmutan, sino todo lo contrario), ésta es la última versión criolla que en economía de palabras pretenden resumir sus difusores: todo lo que quiere hacer AMLO ya se intentó muchas décadas atrás y, aducen los diagnosticadores falaces, no funcionó. De preferencia se citan descalabros reales o pretendidos siempre con raíz unívoca: nunca hubo impactos externos ni desviaciones internas. Todo completo el esquema erróneo sucumbió por sí mismo. En una visión lineal enuncian que el “modelo” económico por entero fracasó. Su etiqueta se rotula en consecuencia sin ningún rigor: “Una visión obsoleta del mundo”. Nada hay que recuperar, nada que valga la pena retomar, salvo para arrojarlo al basurero de la historia. Hasta allá mandan incluso los crecimientos sostenidos que ese “modelo” sí logró por varios sexenios de entre cinco y seis por ciento del PIB, fabulosos en comparación de los raquíticos uno y dos, de hace cinco o seis sexenios a hoy.

En cambio, la nueva visión tecnocrática, la supuestamente modernizadora, la que sí da la espalda a la historia, es el neoliberalismo que ya lleva decenios sin producir más que riqueza concentrada y pobreza repartida; pero ya se sabe, o más bien han dicho los que presumen saber más que el común denominador de la gente, tomará su tiempo mostrar sus bondades y apenas allá por el año 2040 empezarían a verse dígitos de crecimiento de tres por ciento. Igual que la reforma energética, sus resultados supuestamente idílicos siempre se prorrogan al infinito y más allá.

En el fondo subyace en quienes así propalan su animadversión por AMLO un autoritarismo que pone en clave de dicotomía imposible lo que en rigor es una elección popular, libre y democrática. Si más de la mitad de la población ya no desea seguir bajo las insoportables tutelas tecnocráticas y rapaces de la actual clase política, ¿qué de extraño tiene su negación a seguir votando por los mismos y preferir en cambio a AMLO? Se les acusa de no meditar bien “lo que está en juego” (que es el bienestar de los menos).

Los voluntariosos oráculos también ponen en tela de juicio la capacidad económica del país para llevar a cabo las ofertas de campaña de AMLO (de las de los demás ni se preocupan) y, ábacos en mano, introducen por sí mismos (¿para qué invocar una representación popular o a un nuevo constituyente?) una novísima condición impuesta por ellos para aspirar a la Primera Magistratura de la Nación, a saber: que las promesas electorales de los candidatos pasen por los libros contables de los entendidos y no sobrepasen límites. Por ejemplo, RRP calcula en un tris (quién sabe cómo) que el proyecto de nación de AMLO requiere cuatro mil billones de pesos. Razón de más –es un decir– para inducir a no votar por el que tiene un ideario “impecable, pero que no convence”, ¿verdad?, que a fin de cuentas es de lo que se trata.

gcolin@mail.com

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