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Entre pares

El desastre del huachicol y la peor comunicación para enfrentarlo

Guillermo Colín

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Déficit notable si lo hay en el régimen de la 4 T, es la ausencia casi total de una política de comunicación social que forme parte integral de las acciones que emprende el nuevo gobierno y las apuntale.

No se habla aquí de propaganda, que vaya que la hay y no se distingue de la difundida por los sexenios neoliberales, sino de mensajes que entre otras cosas sean culturizadores, a la usanza de los que había en la campañas de Vasconcelos por ejemplo; que acompañen a las políticas públicas ejecutadas para facilitar su comprensión entre la gente, y concitar en su apoyo un sentir popular informado.

Mensajes que, abrevando en la historia nacional, acudan en paralelo a las políticas públicas para ubicar problemas sociales en contextos que los hagan más asequibles al grueso de la población y ayuden a formar criterios desde la información documentada.

Hasta ahora esta tarea ha sido dejada a cargo de las líneas editoriales de los medios, que por regla general responden a intereses mercantiles y son a menudo superficiales –cuando no sesgados– en el tratamiento de la información que divulgan.

Fenómeno evidente en el actual y explosivo desabasto provocado por las medidas gubernamentales para impedir que el combustible sea robado de los ductos de Pemex (cerrándolos a la conducción y dejando su distribución a cargo de pipas), cuando en realidad es mucho más que eso: la soberanía energética está en juego como nunca antes desde la rebelión de las petroleras británicas y norteamericanas contra el gobierno de Lázaro Cárdenas.

Y no hay en la publicidad oficial ni trazas en la coyuntura actual para darle dimensión histórica al problema, pese a –cuidando las diferencias– similitudes que comporta. Ayer las expoliadoras fueron aquellas petroleras extranjeras. Hoy son cárteles del crimen organizado que desde hace varios sexenios (con todo tipo de complicidades y hasta con la presumible anuencia presidencial) chupan volúmenes de escándalo hasta casi vaciar del hidrocarburo a Pemex.

El suceso pudo aprovecharse mucho mejor de mediar eficaz comunicación social. Propiciar el mayor apoyo popular a las drásticas medidas e incluso lograr que el gobierno contara con esa “paciencia” previa, que ahora AMLO pide de viva voz a posteriori. O para llevar el agua de la controversia suscitada al molino de la lucha anticorrupción prometida en campaña, donde se diera el inicio formal y frontal del combate a la misma haciendo consciente a la gente de las dificultades y peligros a encarar.

Lejos de ello, el Presidente hasta se dio el lujo de “perdonar” por anticipado (con lo tóxicas que son estas amnistías virtuales para el estado de derecho sobre sujetos que ni denunciados han sido todavía) a pasados directores generales de Pemex, una galería bien conocida de presuntos delincuentes de cuello blanco con las debidas excepciones.

Sin apoyo mediático propio, el gobierno de AMLO desaprovechó la oportunidad de encuadrar el fenómeno del huachicol. Implantó desprotegido la pésima estrategia para erradicarlo (que no tomó en cuenta ni la caída súbita de ingresos petroleros vía IEPS que sufriría el erario a razón de 102 mil pesos diarios por cada gasolinera solo en la Cdmx), mientras la gasolina tardaba en llegar a los sedientos expendios vía pipas a paso de tortuga y a un costo muy oneroso.

La estrategia por sus consecuencias se volvió un búmeran en la opinión pública a la que, sin ningún discurso de contrapeso, se le dejó al garete de la feroz comentocracia anti AMLO que tuvo ante sí un banquete desinformador y falaz que no dudaron en servir bien caliente: “Ya tenemos escenas de desabasto como en Venezuela y pronto vendrán más”, a un público cautivo sin ninguna otra voz de contrapeso más que la presidencial solitaria de las 7 de la mañana.

Una voz presidencial expuesta a los mismos círculos mediáticos “adversos” cada día de la semana, comprende beneficios, pero también yerros a los que no ayudan en su comisión sus círculos más cercanos. Como Claudia Sheinbaum que hasta ayer al filo de las dos de la tarde reiteraba no haber recibido reportes por desabasto de gasolina, cuando ya eran públicas y notorias las compras de pánico que el desabasto causaba en la capital del país.

La negación por parte de las autoridades, así como la proliferación mediática de estampas caóticas de personas clamando por gasolina y haciendo filas enormes, diluyó enfoques positivos a las medidas.

El gobierno no recurrió a grupos independientes de trabajadores petroleros que respaldaran sus medidas de rescate de la riqueza petrolera como patrimonio nacional por defender a toda costa. Optaron por hacer que (Lutero en la Iglesia) los expendedores de gasolina agrupados en la Onexpo –muchos de los cuales compraban huachicol para venderlo de trasmano– salieran en defensa de Pemex. Peor, imposible.

gcolin@mail.com

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