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Martes , 20.11.2018 / 14:38 Hoy

Entre pares

Días luminosos y neoliberales al acecho

Guillermo Colín

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Quienes vivimos las exequias de la ideología de la Revolución Mexicana, ejecutadas por Salinas de Gortari en la dilución autoritaria de ese legado nacional a cambio de un indigesto neoliberalismo que acabó por degradar a la economía nacional, privatizándola en buena medida al igual que sus recursos naturales, creímos que nunca más se volvería a vivir una emoción nacionalista como en la que ahora estamos inmersos merced a la elección de un presidente con el ideario que sostiene AMLO y que lo llevó a la cima de un poder sin precedentes por una votación superior a todos los pronósticos.

Esa generación de los cincuenta otrora asistió impotente a la dilapidación irrestricta de bienes de la Nación junto con el enorme capital humano calificado que ya se tenía, cuando en todo caso procedía a corregir administraciones viciosas de esas entidades en connivencias con sindicalismos corruptos.

Uno tras otra se malbarataron los ferrocarriles, los teléfonos, el gas, las carreteras, las refinerías (que se dejaron de mantener y construir) y hasta el petróleo, parte de la electricidad y el agua que acaba de ser atacada por un decreto que la pone potencialmente en el peligro de seguir la misma ruta.

Todo por un dudoso credo globalizador que contra todas las protestas se impuso a México como verdad única: la vociferada competitividad, sin importar que se impidiera el fomento de la industria nacional y sin reparar que la soberanía agroalimentaria se volviera mono dependiente, merced a aborrecibles lemas que se resumían en leyendas que no admitían demostración: “Mientras menos gobierno mejor, y el sobrante debe manejarse como empresa”. Nació así México SA.

Bajo esa premisa, la nación vivió décadas de expoliación y empobrecimiento de grandes mayorías a costa de unas reducidas élites que vieron sus riquezas crecer exponencialmente. El neoliberalismo fue una tragedia que enlutó al país de muchos modos. Propició hasta cruentas guerrillas urbanas y la insurgencia indígena que preguntó luego de declarar la guerra al Estado mexicano: “¿De qué debemos pedir perdón los olvidados?”

Por eso los días que corren para quienes todo esto lo vivieron y sufrieron en desamparo histórico, son días luminosos. Diríase en la metáfora que los árboles de la Reforma abren sus anchas avenidas a lo que AMLO llama la Cuarta Transformación de México. No solo es un cambio de presidente, millones votaron por otro modelo de país, por otro modo de vivir. De no haber sido por la afluencia masiva de votantes, quizá otro hubiera sido el desenlace. Tal vez nunca se sepa. Pero de seguro la ola masiva de ciudadanos que se volcó en las urnas inhibió cualquier otra intentona del sistema, que a final de cuentas mejor exhibió desde temprano un repliegue táctico.

Sobria y majestuosa la Plaza de la Constitución (que no “Zócalo de la CdMx” como acotara Carlos Marín a un locutor de Milenio), la noche de la elección se vio colmada por una legión emotivamente voluntaria de muchos miles de ciudadanos que espontáneos tomaron camino rumbo a ella y la colmaron hasta en calles y calles aledañas.

Vale la pena pues engolosinarse con los símbolos políticos, precursores de lo que está por venir, y se entretejen en la nueva narrativa histórica que surge. Verbigracia AMLO con EPN recorriendo la sobria belleza republicana del Palacio Nacional en conciliábulo a la vista sin acuerdos vergonzantes. Tersa transición, regocijo mundial, multitud de líderes felicitándolo, con un Trump inusitadamente cordial, pese a que en semanas anteriores denostaban a AMLO sus secretarios Pompeo, Pence y su jefe de gabinete Kelly.

Más allá del alborozo político al que el pueblo mexicano tiene todo derecho a regocijarse cabe preguntar: ¿Hubo deceso del neoliberalismo? Tal vez… Depende del nivel de conciencia y participación crítica de la sociedad mexicana. Cuando los voceros del poder espantaban en campaña con que era muchísimo lo que se jugaba si los votantes preferían a AMLO, no mentían. Solo que lo decían por ellos mismos.

Protegerán sus intereses y darán la batalla mimetizados como demócratas o morenistas. Pero esperan regresar sin duda. Ya hay quintacolumnistas que entrarán embozados. Véase una sola muestra: “Las finanzas públicas serán gestionadas con visión tecnocrática”, atribuye El Economista en primera plana a Arturo Herrera, asesor económico de AMLO y probable futuro subsecretario de Hacienda.

De ser cierto resultaría un sinsentido total. La visión tecnocrática implica todo lo contrario a lo propuesto por AMLO. Meade -padre del gasolinazo- como muchos priistas lo sabían y se decía con orgullo “tecnócrata” en plena campaña. Pero dividir economía y política en extremos separados es una aberración y una contradicción absoluta. En la tecnocracia no caben mejores sueldos, ni becas, ni educación superior para todos, ni pensiones dignas. Vamos, ni siquiera hay lugar para los pobres (que son según el clásico, “un error estadístico”).

gcolin@mail.com

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