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Martes , 19.06.2018 / 11:59 Hoy

Entre pares

¿A dónde irá la energía liberada?

Guillermo Colín

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Desde una perspectiva psicoanalítica (Guattari) o desde los estudios sobre la inmanencia del amor radical como Estado naciente (Alberoni), se sabe que en circunstancias extremas surge fugazmente un nuevo orden social revolucionario o, si se quiere, evolucionario. En ese orden de ideas ¿se puede pensar que a partir del 19-S hay en México una resurrección de lo colectivo adormilado? ¿Una incipiente toma de conciencia que en la tragedia exige el apoyo al prójimo y al llevarlo a cabo, se vislumbran los porqué y para qué de una existencia más deseable?

El referente histórico inmediato es lo sucedido a partir del temblor del 85 (y éste después de lo del 68), cuando como ondas concéntricas que se extendieron a todo el país, nacieron formas autogestivas de la sociedad civil, el PRI dejó de ser la única fuerza política dominante, se opusieron proyectos políticos alternativos y se arrebató al gobierno la organización electoral que desde entonces se ciudadanizó. Privó la interpelación al poder que la sociedad efectuó en años subsecuentes.

El actual desastre que hoy se sufre 32 años después, ¿traerá otras formas por ahora apenas avizoradas de relación política y social entre los mexicanos? Quizá el choque tectónico sacuda la estructura social. De manera incipiente ya lo hace: las prerrogativas de los partidos podrían redireccionarse a la reconstrucción por la presión de millones de internautas. Una zaga más de ciberpolítica ciudadana que mucho se verá. Y ya el eleccionario 2018 se reconfigura.

Hay otros atisbos del porvenir. Por unos días, miles de millennials, jóvenes a quienes se suponía apáticos, experimentaron por sí mismos –en la anarquía inicial de las tareas de rescate–la aurora de un orden emergente protagonizado por ellos mismos sin distingos de clase. No será fácil sustraerlos del ensueño vivido. Ahora saben que otra vida más vibrante es posible.

Cuando lo instituido cedió paso a lo por instituir, un difuso nuevo orden social así fuera momentáneo se instauró brevemente al pie de los derrumbes. Los rescatistas pusieron en pausa las rutinas de sus trabajos, ocupaciones y familias; y amalgamaron sus vidas cotidianas en un tiempo común con todos los otros, en la solidaridad como proyecto de vida.

Esos mismos espontáneos dirigieron el tráfico capitalino, y literalmente fueron agentes de otro orden emergente (sin semáforos), inaugurado por la fuerza del desastre pero también por iniciativa propia.

Hacia ese estadio naciente pareciera que confluye con el ritmo que le impone su discapacidad motora, Eduardo Zárate Vargas, quien se trasladó desde Morelia y en su silla de ruedas junto a un edificio derrumbado reúne piedritas para llenar un saco que luego se echa al cuello, lo lleva a tirar, y vuelve a empezar... Su foto icónica, ya viral, es de las más memorables de cuantas se han publicado. Exhibe la pasta de la que están hechos muchos mexicanos de hoy, lejos de los sinvergüenzas y malandros que asolan al país.

Otra imagen fundacional que penetra al inconsciente colectivo es la del joven Martín, soldado derrumbado en su propia impotencia al no haber podido rescatar con vida a una madre con su hija. Imagen que servirá de contraste a unas fuerzas armadas desgastadas en la vorágine de la fallida guerra contra el narco. Y al rol de la Marina en el gazapo mediático de la inexistente niña Frida Sofía.

Deterioro parcial que las fuerzas armadas deberán reparar. Por ahora queda en el ánimo social post 19-S una capa de orgullosa identificación con el soldado raso que sufre por la patria doliente. Habrá qué pedir el regreso de las fuerzas castrenses a los cuarteles para seguir contando con fuerzas armadas que lloren con nosotros a nuestros deudos, víctimas de algún cataclismo, nada más.

En la reconstrucción ¿podrá abatirse la desconfianza generalizada sin retorno? Aún es pronto para dilucidar qué será de tanta de esta energía flotando en el ambiente. Pero tiene una rarísima fuerza inédita: está enlazada. La foto viral del soldado llorando (Martín Moctezuma Luis Hernández) fue tomada en Jojutla por un extraordinario fotógrafo local (Salvador Kellerman) quien a su vez resultó ser tío del deudo (Marco Gil Vega), o sea del esposo de la madre, y padre de la hija que no pudieron rescatarse vivas. Este a su vez en redes sociales abraza con el corazón al soldado Martín que trató de rescatar a su mujer e hija. Los círculos se cierran, se dice a menudo...

gcolin@mail.com

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