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Miércoles , 18.07.2018 / 15:31 Hoy

Cruzando el Charco

Rompiendo una lanza a favor de Río

Guillem Martí

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En las semanas previas a la inauguración de los juegos olímpicos, el mundo ha observado con nerviosismo el retraso en la construcción de los equipamientos deportivos, la creciente crisis política y el aumento de la inseguridad en Brasil. Mucho se ha criticado al Comité Olímpico Internacional (COI) por haber elegido a Río de Janeiro como sede olímpica. Pero las circunstancias en las que se eligió la ciudad carioca para albergar los juegos olímpicos del 2016 no se parecían en nada a las actuales.

En 2009 Brasil disfrutaba de un enorme crecimiento económico y se preveía que en pocos años llegaría a ser una de las mayores economías del mundo. La democracia ganaba terreno y un gobierno fuerte y de izquierdas promovía políticas sociales. Con ellas, las desigualdades entre ciudadanos empezaban a menguar. Los niveles de alfabetización crecían. Se combatía de forma eficaz al narcotráfico y las bandas ofreciendo niveles de seguridad bastante aceptables. El respeto al medio-ambiente ganaba terreno de la mano de las administraciones públicas y la legislación. Inversores de todo el planeta querían participar de este milagro económico. Y millones de turistas decidían viajar largas distancias para pasar las vacaciones en las playas y selvas de Brasil.

Los miembros del COI tenían que elegir entre Río, Madrid, Tokio o Chicago. Para tomar la decisión se evaluó el contexto político de cada ciudad candidata, su respeto al medio-ambiente, el presupuesto ofrecido, los espacios diseñados, los servicios médicos y controles antidoping, la seguridad y el transporte. La ciudad carioca cumplía todas las expectativas. Además, en toda la historia olímpica nunca se habían celebrado unos juegos en Sur-América.

La elección fue fácil. Río era un gran escenario para mostrar al mundo el potencial de aquel enorme país. Pero las cosas se torcieron y Brasil entró en una dinámica destructiva. Con la caída del precio de las materias primas la economía sufrió un duro revés. Éste se agudizó con el desplome de las monedas de los países emergentes. Con ello el gobierno se deterioró y los escándalos de corrupción llegaron a extremos insospechados. Los presidentes Lula da Silva y Dilma Roussef, las dos figuras políticas más admiradas e importantes de la última década, han pasado a ser las personas más odiadas del país.

El gobierno brasileño alega que más de la mitad del presupuesto para las olimpiadas viene del sector privado, minorando así la carga sobre las arcas públicas. Lo que se presenta como una proeza, al observarlo detalladamente se desvela como un auténtico robo al pueblo. Enormes extensiones de terreno, algunas de ellas protegidas como reservas naturales, han sido vendidas a precios ridículos para que las empresas construyeran los equipamientos olímpicos.

El caso más escandaloso ha sido el del campo del golf olímpico. La Laguna de Marapendí, cuyos manglares son una reserva natural que colinda con una de las mejores playas de Río, fue vendida por un precio irrisorio a Pasquale Mauro. El acuerdo preveía que el magnate inmobiliario construyera el campo de golf y lo diera en cesión durante 20 años al ayuntamiento. Además se le permitió construir alrededor del campo 22 edificios de lujo de 22 pisos cada uno. Un negocio redondo que sin duda también llenará los bolsillos de más de un político corrupto.

Otro aspecto preocupante de los juegos de Río es la seguridad. La escalada de la violencia y la falta de medios para combatirla ha llevado a la policía a manifestarse y recomendar a los turistas que se abstengan de visitar la ciudad. Homicidios, secuestros y robos están en el orden del día en una ciudad dominada por las bandas y los narcotraficantes.

Pero parece que el mundo entero solamente tenga ojos para el menor de los peligros que acecha en la actual sede olímpica: el Zika. Este virus no es más peligroso (ni para las personas ni para los fetos) que otros todavía comunes en Brasil como el dengue, la malaria, la chikungunya, la fiebre tifoidea o la fiebre amarilla. Otras muchas enfermedades amenazan a los turistas y deportistas, aunque apenas se advierte sobre ellas.

La verdad es que la desigualdad, corrupción, inseguridad, insalubridad, protestas ciudadanas y crisis económica y política, no parecen el mejor escenario para unas olimpiadas. Pero tristemente, éstas son las condiciones que presentan la mayoría de países del mundo.

Las olimpiadas deberían dejar de marginar a los países en vías de desarrollo. En la historia olímpica se han celebrado diecisiete juegos en Europa, seis en Norte-América, tres en Asia y dos en Oceanía. Hasta hoy Sur-América no había tenido la oportunidad de acoger unas olimpiadas. Esperemos que pronto África también se reivindique.

De todos los países que antes de Brasil habían acogido olimpiadas quizás México fuera el más humilde. Llama la atención la ausencia de países en vías de desarrollo. Pues parece que para las olimpiadas el dinero es más importante que los valores. Y es que sin pestañear el COI ha elegido países abiertamente anti-democráticos y que violaban sistemáticamente los Derechos Humanos, como es el caso de la Alemania Nazi, la Unión Soviética o la China.

Quizás los países con menos recursos no puedan ofrecer el lujo y las comodidades de los países ricos, pero son plenamente capaces de organizar unas grandes olimpiadas. Muchos de ellos han albergado competiciones deportivas de alto nivel como mundiales de fútbol, atletismo y natación. Todas ellas se han celebrado con éxito y han mostrado el carácter y riqueza cultural de unos pueblos ansiosos de demostrar al mundo que a pesar de la falta de recursos, sus gentes pueden organizarse para lograr maravillosas hazañas.

Esperemos que a pesar de todos los contratiempos, la historia pueda recordar con admiración los juegos olímpicos de Río de Janeiro. Y que su éxito dé el coraje necesario al COI para seguir apoyando a los países en vías de desarrollo.



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