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Jueves , 18.10.2018 / 11:55 Hoy

Cruzando el Charco

Equivóquese otra vez, por favor

Guillem Martí

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Desde bien pequeños se nos ha explicado cual es el camino del éxito. Primero debemos identificar cual es nuestro objetivo, analizar cual es el camino más factible para alcanzarlo y movernos en aquella dirección con perseverancia. Debemos conocer los riesgos y contratiempos con los que nos podemos encontrar, identificarlos, clasificarlos y ordenarlos.

Será necesario diseñar las estrategias que nos permitirán superarlos y descartar aquellas acciones que no contribuyan de forma clara a nuestro progreso.

En caso de disyuntivas durante el camino hacia nuestro objetivo, deberemos valorar las ventajas e inconvenientes de cada alternativa y hacer una elección racional en base a la eficacia o la eficiencia.

Así es como se nos ha enseñado a pensar y así es como se nos exige actuar en nuestros puestos de trabajo. Los errores salen caros. Y en caso de cometerlos más nos vale poder excusarnos mostrando que nuestra actuación fue “profesional” en todo momento y que la equivocación era inevitable.

Esta pauta de actuación recibe el nombre de pensamiento vertical. Conoce sus objetivos, crea estrategias lógicas para conseguirlos y excluye todo aquello que no parece acercarle a la meta. Pero existe otra forma de pensar que recibe el nombre de pensamiento lateral.

Éste está en constante búsqueda, pero no sabe cual es su objetivo hasta que lo encuentra. Evita las clasificaciones y la ordenación de conceptos. Evalúa todas las alternativas, aunque no parezcan tener relación alguna con la materia que le ocupa.

Se desarrolla mediante un proceso creativo que se mueve dando saltos sin una dirección clara. Es provocativo y lo cuestiona todo, por evidente que resulte.Sin duda, el pensamiento lateral es susceptible de conducir a errores. Pero hay que diferenciar los errores de los fracasos.

Pues muchas veces un error puede conducir a un éxito.En 1886, el asistente de un farmacéutico que trabajaba en un remedio contra el dolor de cabeza cometió el error de añadir agua carbonatada a la mezcla que había desarrollado su jefe a base de extracto de hojas de coca y de nueces de kola.

El resultado obtenido no alcanzó sus fines médicos, pero más de un siglo después sigue refrescando paladares en todo el mundo.Otro fracaso farmacéutico ocurrió a principios del siglo pasado cuando los hermanos que regentaban un sanatorio intentaban desarrollar una cura para lo que en aquel momento se consideraba una grave enfermedad: la masturbación.

Por un descuido, la masa de maíz que utilizaban quedó reposando por un día entero y se deshidrató. Pero en vez de desecharla, decidieron hornearla. El resultado no supuso ningún adelanto en el tratamiento pero permitió a aquellos hermanos, de apellido Kellogg, ofrecer al mundo un saludable desayuno rico en fibra.Se cuenta que en 1853 un cliente muy exigente entró en el restaurante del chef George Crum. Pidió papas fritas. Especificó que las quería bien crujientes. Rehusó el primer plató que le sirvieron. Las quería más crujientes todavía.

El segundo plato tampoco cumplió sus expectativas. Lo mismo ocurrió con el tercero. El chef Crum se hartó de aquel personaje y decidió cortar las papas bien finas, freírlas en aceite hirviendo y servirlas con muchas sal. El exigente comensal disfrutó del privilegio de degustar las primeras papas chips de la historia.Wilson Greatbatch trabajaba en 1950 en un oscilador que permitiera grabar los sonidos del corazón. Al armar uno de sus aparatos olvidó instalarle una resistencia. Ésto hacía que el dispositivo trabajara incorrectamente y emitiera un leve pulso eléctrico en intervalos regulares.

Gracias a aquella equivocación Greatbatch inventó un aparato que salvaría miles de vidas: el marcapasos.Un equipo de científicos que en 1992 también investigaba los problemas del corazón, dió a probar a sus pacientes unas pastillas que debían ayudarles a tratar la angina de pecho.

En las mujeres aquel medicamento no produjo ningún resultado. Pero en los pacientes masculinos pronto se observó un inesperado resultado. La pastilla no había surgido efecto en sus corazones, pero a nadie se le escapó el potencial de aquel fármaco que sería comercializado con el nombre de viagra.En 1907 el químico Leo Baekeland intentaba encontrar un substituto del barniz para la protección de la madera.

Una de sus pruebas resultó ser demasiado sólida para aplicarla sobre la madera, así que decidió hervirla en una olla a presión para hacerla más maleable. El resultado no se acercó para nada a lo que pretendía encontrar, pero resultaría ser uno de los inventos más útiles del Siglo XX: el plástico.

El científico Spencer Silver era empleado de una compañía de pegamentos y tenía el encargo de desarrollar un adhesivo más fuerte que los existentes en el mercado. En 1968 presentó a la empresa el sorprendente producto que había resultado de sus experimentos. Se trataba de un pegamento extremadamente débil.

Aquello causó un gran disgusto a sus superiores, que desecharon el producto y le exigieron que se centrara en el objetivo fijado. Cinco años más tarde, uno de sus compañeros de trabajo y feligrés de la misma iglesia pensó que aquel pegamento tan débil podía ser útil para evitar que el trocito de papel que usaba para marcar las páginas del libro de himnos se cayera una y otra vez. Después de algunas mejoras y de una buena campaña publicitaria el Post It sería indispensable en las oficinas de todo el mundo.

La lista de descubrimientos surgidos de un error es interminable: Desde el célebre viaje de Colón a la India, al descubrimiento de la radioactividad, pasando por la penicilina, el microondas, el caucho vulcanizado, la sacarina, los rayos x, el teflón, el celofán o las cerillas.

Así que, la próxima vez que se equivoquen no sientan vergüenza. Intenten sacar el mayor provecho de la nueva situación. Y si no hay nada bueno en ella, enmienden el error. Pero siempre manténganse en disposición de equivocarse de nuevo. Pues como dice el refrán: Equivocarse es de sabios.


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