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Miércoles , 24.10.2018 / 01:07 Hoy

Columna de Gonzalo Oliveros

Turbulencia

Gonzalo Oliveros

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Antes de que Ayotzinapa y la Casa Blanca llegaran a perseguir el sexenio de Enrique Peña, su gobierno hizo un anuncio pomposo: la construcción de un nuevo aeropuerto.

Aunque sorpresivo en el momento, la necesidad de una nueva terminal aérea es algo que la capital arrastra desde el siglo XX: los gobiernos de Salinas y Zedillo platearon la posibilidad pero, en ambos casos, la contingencia política y económica lo imposibilitaron.

Y es que -parece- en la discusión se ha olvidado lo fundamental: el aeropuerto chilango es la pieza central donde se maniobra el tráfico aéreo del país. Cierto, Cancún ha crecido de forma independiente pero sus vuelos locales aun dependen de lo que suceda en la Ciudad de México, situación que comparten Guadalajara, Bajío, Monterrey, Oaxaca, Acapulco, Veracruz y Tampico, por decir algunos.

A eso, habrá que agregar lo complicado del trazo por el que los aviones deben de pasar por un tercio de la capital, cuestión que ha sido desechada en diversas ciudades del mundo por cuestiones de seguridad.

López Obrador ideó la segunda pista en Santa Lucía en 2001, a la mitad del conflicto de Atenco y como la respuesta audaz para atrapar el contradiscurso del gobierno foxista. Como muchos de sus temas, no ha cambiado la propuesta.

A eso, hay que agregarle el atraso en la obra y datos sobre encarecimiento de obras tan básicas como la barda perimetral. Coctel perfecto para que, en época electoral, el sector simpatizante del candidato opositor se oponga a la obra.

De la obra máxima del peñismo a la pesadilla de inversionistas si se concreta su cancelación. Contratistas que consiguieron fondos a partir de las pensiones y los fondos para retiro.

Sí, hoy muchos se quejan que al menos tres afores hayan invertido recursos en el Nuevo Aeropuerto. Como en la elección, no leyeron la letra chiquita de los fondos que determinan la manera en la cual los ahorros se invertirán en un portafolio diversos donde las obras de infraestructura llevan la mano por su seguridad en desarrollo y en devolución de inversión.

Regla que, por supuesto, en México no se cumple por corrupción o decisiones políticas.

Hay quienes dicen que López Obrador terminará por aceptar el aeropuerto e inaugurarlo en 2024. Sensatez por encima de promesa de campaña.

El problema es que estamos en la época donde la sensatez es artículo escaso en el mundo, tan escaso que el no tenerlo se ha convertido en motivo de orgullo.

Esto, mientras las campañas han comenzado a volar desde esta medianoche. Campañas en cielos turbulentos.

Esperemos no se estrellen contra la realidad.

goliveros@me.com

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