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Martes , 21.08.2018 / 13:36 Hoy

Columna de Gonzalo Oliveros

Sermón a la deriva

Gonzalo Oliveros

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El miércoles terminó la visita de Francisco a México; visita que prendió a medias ante la soberbia, hipocresía y distancia de una clase gobernante con oídos sordos a la crítica.

Desde temprana hora del sábado, Bergoglio decidió usar cada atril para fustigar la nauseabunda actitud de la criptocracia. En Palacio Nacional, el obispo de Roma señaló la iniquidad económica que asfixia a un sector amplio de la población y advirtió la putrefacción social a partir de la misma. Los gobernadores y empresarios ahí presentes decidieron dejar de lado la palabra del representante de la Iglesia para afinar celulares y cámaras que los retrataran ante el popular personaje. El mensaje era lo de menos, la anécdota de estar en el mismo recuento que el Papa era lo importante, más aún para gobernadores y secretarios de Estado que buscaban con afán la legitimidad vestida de sotana blanca.

En Catedral, Su Santidad reclamó que los obispos se sintieran príncipes no sólo de la Iglesia sino del país. El poder desde el púlpito que atrae dinero, influencias y palancas. Francisco les pidió no acordar bajo la mesa y alejarse de las carrozas de los faraones.

Curioso, apenas en la tarde, los faraones atiborraron la Basílica mientras los pobres se quedaron en los extremos cambios climáticos de la Plaza Mariana. Empresarios, políticos, activistas en cómodas -o no tanto- bancas del templo.

Así, la contradicción se replicó en cada acto, en cada misa, en cada ciudad. Obispos con lentes Ray Ban y celulares de última generación, gobernadores con fotos colectivas de familia o asientos reservados de primera fila, jesuitas que presumían su reunión privada para demostrar cuál es la casa reinante en el Vaticano.

Las palabras del Sumo Pontífice IBAN en sentido contrario de cada una de estas estampas. Condena a la discriminación, señalar a los que obstruyen a los jóvenes, aceptación de familias no tradicionales, alerta ante la corrupción y el crimen, pesar ante la zozobra de una nación que requiere de la fe como asidero ante tan poco futuro y débiles certezas.

Esos sermones a la deriva, como botellas en el mar en busca de un receptor, quedan en la reflexión pero, también, el silencio de Francisco ante la Virgen de Guadalupe. Un Papa que, en silencio, esperaba sus propias respuestas ante el secuestro que fue impuesto entre las grillas clericales y los reclamos de un sector social que luchaban por mostrarle un México más allá de las vallas y las porras.

Mejor suerte, para todos, en la próxima visita.

goliveros@me.com

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