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Columna de Gonzalo Oliveros

Predestape

Gonzalo Oliveros

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La liturgia -anticuada, antidemocrática, anacrónica- priísta está a punto de culminar y el parto de los montes nos dará al candidato que intentará vencer a López Obrador.

Pareciera que el desenlace está cantado y ninguno de los dos eternos precandidatos en el sexenio logrará llegar a la meta. La aspiración de Luis Videgaray murió con la llegada de Trump a Los Pinos en plena campaña norteamericana a la Presidencia. Puede ser que la movida fuera adecuada -nadie sabe dónde estaríamos ahora si el actual canciller no hubiera hecho migas con el yerno incómodo- pero el costo político fue mortal. El ex secretario de Hacienda vio el final de su carrera presidencial ligado a la elección gringa.

No obstante, su equipo quedó vivo y, sin duda, insiste en ser el favorecido. PRIvilegios que el otro suspirante carece.

Miguel Ángel Osorio Chong se ha enfrentado de forma constante a ese grupo compacto. La lealtad del Presidente ha sido su escudo ante embates internos y externos.

Pero el desgaste es enorme. Las cifras de inseguridad y la percepción pública le pegan ante una propuesta que, al inicio del sexenio, parecía efectiva: concentrar el equipo de seguridad en su secretaría. Osorio no contó con la necedad de Mondragón y la grilla que, desde el inicio, se ejerció en su contra.

Eso sí, manco no estaba. Tener el control de Gobernación da beneficios que otros secretarios no tienen. La interlocución es distinta, de palanca de terciopelo.

Osorio todavía tiene una oportunidad. Algunos consideran que lejana, pero el suspirar tiene su chiste.

Meade parece ser el elegido. Elección complicada y en un entorno donde el PRI tiene todas para perder. Escoger a un secretario apartidista que trabajara con una administración panista parece ser un mensaje para otros sectores que para la población en general: la estabilidad a toda costa.

Mensaje que parece replicarse en el Frente Ciudadano con sus imperfecciones. Lograr parar a López Obrador por encima de lo que sea.

Parar a López Obrador es el nombre de un juego donde no se quiere ver las razones para que AMLO -y los independientes- creciera: el hartazgo a la corrupción y la ineficiencia.

Este domingo acabará la angustia priísta sobre su candidato y comenzará aquella dónde deberán ver si la elección -esa, donde solo uno de ellos decide- los mantiene en el poder.

goliveros@me.com

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