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Domingo , 19.08.2018 / 13:02 Hoy

Columna de Gonzalo Oliveros

Marca registrada

Gonzalo Oliveros

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El lunes pasado, los esfuerzos metropolitanos y estatales por posicionar la marca Guadalajara cristalizaron en un evento y el lanzamiento de un video promocional. Imagino, un primer paso para construir la imagen de una ciudad vigorosa, segura, con oportunidades de negocio y turismo.

Los críticos se enfocaron al video y tipografía. Cuestión obvia ante la utilización de la canción de Tito Guízar en la campaña de Alfaro y la similitud del tipo de letra con otras usadas por organizaciones y ciudades muy distantes y distintas. El análisis parco, una vez más.

El problema de Guadalajara no es la tipografía ni Cuca invitado como ejemplo juvenil -suspiro- de la cultura tapatía. La polémica no está en la producción de La Covacha o la inclusión de Euzen en el desarrollo de la idea -si así fuera, comencemos por el uso de Pedro Torres por infinidad de gobiernos y ampliemos la discusión sobre la adjudicación de contratos a partir de huecos de ley-.

Mejor hablemos de lo esencial: ¿Es Guadalajara una ciudad que tiene todos los hilos para presumirse y dar los mejores servicios a ciudadanos, turistas y hombre de negocios?

Comencemos por las puertas de entrada. Llegar a la capital tapatía por avión o camión es un desastre. Las centrales camioneras y el aeropuerto no sólo están rebasados, sino que se encuentran en manos de mafias y trabajadores que hacen el tránsito por ellos una extensión de la pesadilla más reciente. La falta de capacitación del personal y una infraestructura deficiente y caduca arroja al turista del deseo de regresar. Colas interminables para entrar a salas de última espera o de aduana dejan muy atrás cualquier canto.

Las centrales camioneras continúan con la anécdota del pleito con Uber. Los taxistas -nunca controlados por un inútil secretario de movilidad que trabaja de barata escultura- continúan la amenaza que no es solo para el operador del servicio privado de transporte, sino del pasajero que, ante los precios elevados y trato de choferes, prefieren optar por otro servicio.

El coro armónico puede dejarse a un lado ante la insistencia de ciudadanos de robos y motoladrones, de falta de acuerdos e interminables grillas del congreso, de políticos de carrera e independientes que solo buscan su hueso, de periodistas que se dicen objetivos pero apoyan “un cambio” sin decirle al lector cómo lo financian.

El debate debiera ir más allá de lo superficial. Falta mucho trabajo y, lo mejor, es que si está la pulpa para crear de Guadalajara ese foco necesario de cultura y expansión de pensamiento. En nosotros -no en los políticos que esperan solo otro ciclo burocrático- está el poder cristalizarlo.

goliveros@me.com

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