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Domingo , 23.09.2018 / 13:48 Hoy

Columna de Gonzalo Oliveros

Del #metoo al mito

Gonzalo Oliveros

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Solo se necesita un foro para destruir una vida. Si el foro es lo suficientemente grande, destruyes varias.

En el último trimestre de 2017, el mundo se vio envuelto en una ola de investigaciones y denuncias donde el abuso del poderoso era desnudado. Mujeres valientes relataron a periodistas acuciosos sus experiencias donde sus jefes, conocidos, productores, usaron su dominio sobre ellas para acosarlas, abusarlas, violentarlas.

A partir de la investigación desarrollada por el New York Times y el trabajo de Ronan Farrow para The New Yorker, las denuncias se expanden. No es que sea una moda, es una liberación: la posibilidad de demostrar a la sociedad que el uso y percepción de la mujer en los ambientes de poder podía modificarse. Labor complicada en un mundo donde el presidente de los Estados Unidos llegó al puesto pese a sus bravatas sobre sus métodos de conquista.

Siempre, tras la marea que creció en la unión americana, se preguntó cuándo llegaría ese aire libertario a México con sus bemoles.

Seamos honestos: el machismo mexicano se impregna en todo. No solo en las relaciones de oficina o de rutina en calle, sino -por supuesto- en el mundo del empresariado y el espectáculo. No obstante, lo vemos como algo normal. ¿El Tigre Azcárraga andaba con las actrices que protagonizaban sus noveles? Normal, tanto que productores de su empresa lo emularon. ¿Existió el Carnal de las Estrellas? No: existe.

Y ahí está uno de los problemas: la complicidad de todos -que ven como algo normal el acoso en el país- hacen más complicada la denuncia.

Por eso, lo sucedido en el espacio de Carmen Aristegui es triste.

La periodista -conocida por la investigación de su (entonces) equipo de reporteros y por ser la depositaria del enojo colectivo- volvió a cometer un dislate de rigor: entrevistó a una serie de mujeres que denunciaron diversos casos de acoso y abuso.

¿Qué falló? El rigor. Al obtener las denuncias, Aristegui no corroboró los datos ni investigó la veracidad de las denuncias -cosa que los reporteros del NYT y Farrow si realizaron-. Las imprecisiones brotaron, nombres equivocados y desmentidos de los señalados.

El experimento fracasó y, peor aun, diluyó la necesidad de poner el reflector en denuncias reales de mujeres afectadas no por un acercamiento de un entrevistador, sino por la violación de su productor, director, compañero de trabajo.

El mito de algunas de las entrevistadas empañó el apremiante reclamo de miles de mujeres por justicia.

Aprendamos la lección.

goliveros@me.com

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