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Sábado , 26.05.2018 / 21:34 Hoy

Sobre héroes y hazañas

Otra cena de las cenizas

Gilberto Prado Galán

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Entre las muertes ordenadas por el Indice, ninguna ha impresionado tanto, de cuantas se han vuelto literatura, como la del filósofo Giordano Bruno. Bruno murió en Roma, en 1600, atado a un palo de madera. Para que no dijera lo que pensaba, mientras el fuego se ocupaba de su cuerpo, le llenaron la boca de aserrín, o de algún material parecido.

Giordano Bruno fue un filósofo que murió, como esos mártires dibujados por Blas Pascal en sus Pensamientos –no creo sino en testigos que se dejan degollar por lo que creen-, por defender sus más íntimas ideas, aquello que mejor le parecía, aunque la expresión de su pensamiento ofendiera el pudor de los talibanes de aquellos tiempos, que sobreviven agazapados, con máscaras de otra tesitura, en los laberintos secretos de las naciones civilizadas, no sólo en las topineras donde Bin Laden cavó su tumba, una tumba que le permitió respirar, ver el mundo montado sobre su caballo blanco, mientras los norteamericanos inventaron guerras en busca del enemigo invisible, acaso jamás abatido.

Poco se ha reparado en la ironía que encierra el hecho de que, cuando contaba 34 años, el canónigo Bruno escribió una comedia cuyo personaje central quemaba las horas vendiendo velas. Era el fuego de aquellas velas el mismo que alentaría el fervor fanático contra quien soñaba numerosos soles circundados por planetas que se movían sin reposo.

Hoy recordamos a Giordano Bruno. No queremos decir más. Si hay alguna injusticia más ominosa en la historia de la filosofía que alguien la diga: nada como la muerte del multiplicador de mundos.


gilpradogalan@gmail.com

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