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Martes , 16.10.2018 / 03:44 Hoy

Sobre héroes y hazañas

Los huesos de Pío Baroja

Gilberto Prado Galán

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En una novela que prolonga el ciclo de "Las ciudades" –La sensualidad pervertida- Pío Baroja describe, con descarnado realismo, la esmerada limpieza de unos huesos humanos. La escena corresponde a la época en que Luis Murguía era estudiante, y quien asea los personales huesos es la tía Luisa "Mi tía había conseguido que le entregaran los huesos de sus antepasados, y todas las mañanas, como quien hace gimnasia o da brillo al calzado, sacaba unas cuantas tibias, cúbitos o radios, y los frotaba con un cepillo y con un trapo, hasta que los dejaba relucientes dentro de un baúl".

Impasible y realista, Baroja nos estremece porque la muerte discurre, en su obra, siempre así: inexorable. Nos muestra de esa presencia los huesos más ostensibles. La paradoja estriba en que, justo en una obra donde la consistencia de las estructuras (los esqueletos narrativos) no es admirable, sobresalen las osamentas de los muertos fulminados -cuando vivos- como de rayo: la niña Adelita, suspendida en esa parte denominada "En el vacío" abandona el mundo frente a Luis Murguía. El pasaje es intenso y el narrador manifiesta, otra vez, ese deliberado desapego, en relación con su hechura, que confiere estrujante objetividad a lo escrito: "No contestó. Los ojos se le pusieron vidriosos, tuvo un pequeño movimiento convulsivo y quedó muerta".

A Baroja le interesan (más que el esqueleto de sus novelas) los huesos de sus personajes. Esos huesos significan concreción última, solidez de lo real, "humanidad demasiado humana", porque Baroja recuerda a Nietzsche.


gilpradogalan@gmail.com

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