He cultivado el arte de hacer palíndromos hace ya más de treinta años. Recuerdo nítidamente que, en el café Benavides de Torreón, Coahuila, Héctor Matuk guió mis primeros pasos en esa difícil, ardua escalada verbal, joya de la ludo-lingüística del idioma como la motejó, con puntería de apache, Marius Serra, el sabio catalán de su fruición Verbalia.
Y yo fui desarrollando el instinto-intuición verbo-matemática, alentada por la simetría, del palíndromo, de las frases que se leen a contra-corriente, a contrapelo. Recuerdo que, cuando falleció mi madre, en el año 2008, experimenté un furor palindrómico incontenible. ¿Por qué? Porque la vida se rebela invencible ante el embate/envite de la muerte.
Y así organicé mi colección palindrómica en el libro Efímero lloré mi fe (26162 palíndromos) y un jano desesperado: Así la vida daré, un milagro verbal que comprende nada menos que 2714 palabras. Y siempre pensé que el palíndromo era arte de catacumbas o, como lo apodó, Jaime Muñoz Vargas, arte de servilletas.
He respirado palíndromos por los cuatro costados.
Conté a José Méndez que mi epitafio sería el palíndromo Efímero lloré mi fe. Y Pepe me respondió, visiblemente emocionado: maestro Gil, si muero antes que usted regálemelo por favor. Hoy, que mis palíndromos aparecerán en los libros de texto de primero y segundo grados, me he puesto a llorar sin pausa: ¿qué otra cosa es ser feliz sino hacer felices a los demás?
Se preguntó Lord Byron en su Caín. Más de cinco millones de niños leerán mis palíndromos. Qué puedo decir. Qué puedo hacer. Nada. Eternamente agradecido. La salvación por el palíndromo, querido tío Jorge.
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