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Sobre héroes y hazañas

La eterna Sor Juana

Gilberto Prado Galán

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Juana Inés de Asbaje y Ramírez, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, San Miguel Nepantla, Estado de México, municipio de Tepetlixpa, 1651, fue la estrella más luminosa del firmamento literario nuestro del siglo XVII.


Poeta en todos los géneros, Sor Juana se desdobló con fortuna en múltiples registros expresivos que comprendieron, entre otros, los agudos e ingeniosos sonetos (“poner bellezas en mi entendimiento/y no mi entendimiento en las bellezas”), los villancicos, las odas, los romances, la obra teatral Los empeños de una casa, las famosas redondillas (“Hombres necios que acusáis/a la mujer sin razón”) y la portentosa silva Primero sueño, uno de los poemas filosóficos más importantes en la historia de la poesía mexicana.


A Sor Juana le gustaba la cocina, la música (se perdió su tratado El caracol), las adivinanzas, los calambures o juegos de palabras y los retos o desafíos del amor, los retruécanos (“al que ingrato me deja, busco amante; al que amante me sigue, dejo ingrata”), tal como vieron en sus sazonados y eruditos estudios Amado Nervo, Alfonso Méndez Plancarte y Octavio Paz, entre otros.


Por la excelencia de su tan estimulante como sabia y fina poesía, Sor Juana fue considerada como la décima musa. Le bastaron sólo 44 años para llegar a la isla de la inmortalidad que, en la analogía de Baltasar Gracián, tiene como portero al mérito.


Hoy recordamos a una de las voces más singulares del Parnaso mexicano, una mujer que, como ya dijimos, vio la luz primera en San Miguel Nepantla, Estado de México: la inmortal y eterna Sor Juana Inés de la Cruz, la décima musa. 



gilpradogalan@gmail.com

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