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Domingo , 22.07.2018 / 12:11 Hoy

Sobre héroes y hazañas

Ignacio Padilla entre nosotros I

Gilberto Prado Galán

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Conocí a Nacho Padilla en la Universidad Iberoamericana. Pertenecíamos al claustro de profesores del Departamento de Letras. Me llamó la atención su sencillez. Una sencillez que mi hizo recordar con inmediatez quemante la frase de Proust:

“La sencillez no encanta sino a condición de que los demás sepan que podrías no ser sencillo”.

Nacho tenía siempre la vena de la imaginación henchida. Juntos hicimos algunos programas de radio en Ibero 90.9. El mejor, sin duda, sobre bestiarios en la historia de la literatura universal. Su memoria era, para decirlo con Borges, muy hospitalaria. Fuimos un día a comer con mi adorada Leticia. Nacho desplegó las alas de una imaginación insomne y nos participó de sus proyectos literarios. Hoy no está conmigo Leticia. Hoy tampoco está Nacho. Recuerdo que cuando le comenté a Leticia, ya muy enferma, acerca de la muerte de Nacho en aquel malhadado accidente del 20 de agosto del año pasado me dijo afligida: “Gil, no puede ser. ¿Por qué ocurre esto?”. Entonces recordé una frase de la novela de Nacho El daño no es de ayer, premio La otra orilla:

“Los dioses insisten en arrebatar a quienes amamos y en salvar a quienes aborrecemos”. Aquí me detengo.

Un día, no recuerdo la fecha, mi hija menor Verónica bajó corriendo las escaleras de mi casa para decirme: “Mira papá, qué bonita dedicatoria para ti de Nacho Padilla”. Nacho había muerto pocos días antes. Las letras de Nacho, minúsculas, expresaban: “Para Gil, de nuevo y como siempre, agradecido por tu amistad y tu generosa inteligencia”, y luego su rúbrica. Se me encogió el corazón. Recuerdo que le sembré mi colección de palíndromos Efímero lloré mi fe en su casillero del Departamento de Letras. Luego me lo encontré en algún pasillo de la universidad. Me saludó y me dijo con autoridad cordial: “Oye, mi Gil, gracias por el mamotreto palindrómico. Qué bárbaro.

¿Te puedo decir algo y no te enojas?”. Le respondí: por supuesto, querido amigo. Y me respondió: el mejor de los 26162 palíndromos de tu libro es el título: “Efímero lloré mi fe”.


gilpradogalan@gmail.com

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