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Viernes , 21.09.2018 / 20:46 Hoy

Uno hasta el fondo

Unamuno

Gil Gamés

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Gil cerraba la semana convertido en estopa. Caminó sobre la duela de cedro blanco. El 20 de febrero de 1924 Unamuno es destituido de su cátedra de la Universidad de Salamanca y condenado al destierro en Fuerteventura por la dictadura impuesta por el rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera. A fines de ese año huye a Francia, primero París y luego se refugia finalmente en Hendaya, ciudad fronteriza con España en agosto de 1925. En esta etapa de su destierro escribe Cómo se hace una novela, texto sobre el proceso de creación al que el filósofo Julián Marías juzgó en 1943 como “la clave de su obra entera”. (Abel Sánchez, San Manuel Bueno, Cómo se hace una novela y otras prosas, edición de Domingo Ródenas, Crítica, Barcelona, 2006.). Gil arroja algunos párrafos a esta página del fondo.

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Sí, toda novela, toda obra de ficción, todo poema, cuando es vivo es autobiográfico. Todo ser de ficción, todo personaje poético que crea un autor hace parte del autor mismo. Y si este pone en su poema un hombre de carne y hueso a quien ha conocido, es después de haberlo hecho suyo, parte de sí mismo.

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Allá, en mi España, mis amigos y mis enemigos decían que no soy un político, que no tengo temperamento de tal, y menos todavía de revolucionario, que debería consagrarme a escribir poemas y novelas y dejarme de políticas. ¡Como si hacer política fuese otra cosa que escribir poemas y como si escribir poemas no fuese otra manera de hacer política!

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No puedo sufrir que mis escritos sean censurados por soldadotes analfabetos a los que degrada y envilece la disciplina castrense y que nada odian más que la inteligencia. Sé que después de haberme dejado pasar algunos juicios de veras duros y hasta, desde un punto de vista delictivos, me tacharían una palabra inocente, una nonada, para hacerme sentir su poder. ¿Una censura de ordenanza? ¡Jamás!

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A las veces, en los instantes en que me creo criatura de ficción y hago mi novela, en que me represento a mí mismo, delante de mí mismo, me ha ocurrido soñar o bien que casi todos los demás, sobre todo en mi España, están locos o bien que yo lo estoy y puesto que no pueden estarlo todos los demás lo estoy yo. Y oyendo los juicios que emiten sobre mis dichos, mis escritos y mis actos, pienso: “¿No será acaso que pronuncio otras palabras que las que me oigo pronunciar o que se me oye pronunciar otras que las que pronuncio?” Y no dejo entonces de acordarme de la figura de Don Quijote.

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Todo lector que leyendo una novela se preocupa de saber cómo acabarán los personajes de ella sin preocuparse de saber cómo acabará él, no merece que se satisfaga su curiosidad.

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Esta novela y por lo demás todas las que se hacen y no que se contenta uno con contarlas, en rigor no acaban. Lo acabado, lo perfecto es la muerte y la vida no puede morirse. El lector que busque novelas acabadas no merece ser mi lector; él está ya acabado antes de haberme leído.

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Una ficción de mecanismo, mecánica, no es ni puede ser novela. Una novela, para ser viva, para ser vida, tiene que ser, como la vida misma, organismo y no mecanismo. Y no sirve levantar la tapa del reló. Ante todo porque una verdadera novela, una novela viva, no tiene tapa, y luego porque no es maquinaria lo que hay que mostrar, sino entrañas palpitantes de vida, calientes de sangre. Y eso se ve fuera. Es como la cólera que se ve en la cara y en los ojos y sin necesidad de levantar tapa alguna. […]

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Mas, por otra parte, el relojero conoce reflexivamente, críticamente, el mecanismo del reló; pero el novelista, ¿conoce así el organismo de su novela? Si hay tapa en ésta, la hay para el novelista mismo. Los mejores novelistas no saben lo que han puesto en sus novelas. Y si se ponen a hacer un diario de cómo las han escrito es para descubrirse a sí mismos.

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¿Es que voy a caer en aquello de nulla dies sine linea [ningún día sin una línea], ni un día sin escribir algo para los demás —ante todo para sí mismo— y para siempre? Para siempre de sí mismo, se entiende. Esto es caer en el hombre del diario. ¿Caer? ¿Y qué es caer? Lo sabrán esos que hablan de decadencia. Y de ocaso. Porque ocaso, ocasus, de occidere, morir, es un derivado de cadere, caer. Caer es morirse.

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Viernes. Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se cerca con la charola que soporta el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Picasso: Todo acto de creación es en primer lugar un acto de destrucción.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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