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Domingo , 16.12.2018 / 15:04 Hoy

Uno hasta el fondo

Philip Roth

Gil Gamés

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Gil cerraba la semana convertido en un pedazo de estopa. Ése era su estado físico cuando se enteró de la noticia de la muerte de Philip Roth (1933-2018), grandísimo escritor. Gil empezó a leer a Roth hace muchos años y muchos libros y nunca más pudo abandonarlo. Su primera incursión en ese mundo ocurrió con la lectura de El lamento de Portnoy en el año de 1978. Ese novelista que nació en Nueva Jersey en 1933 y que hizo de Newark y su familia judía un universo literario ha sido para Gamés el narrador más poderoso de nuestro tiempo. El reconocimiento le trajo premio tras premio, salvo el Nobel, sin que su fuerza narrativa haya menguado; sus libros, uno tras otro, han enquistado en el gusto del público y el aprecio de la crítica.

De su vasta obra novelística Gil quedó imantado, en especial, con la saga de una de sus creaciones mayores: Nathan Zuckerman, alter ego de Roth y personaje clave para contar todo aquello que en primera persona habría sido imposible contar. Escribió al menos nueve novelas en las que Zuckerman es el protagonista. El último ciclo de ese escritor judío, exitoso, neurótico y con dos divorcios a cuestas que inventó Roth inició con Sale el espectro (Mondadori, 2008).

Zuckerman

De la saga de Zuckerman hay cuatro momentos cruciales: La visita al maestro (1979), la historia de un aspirante a escritor que se acerca a su maestro en Nueva Inglaterra y se enamora de la amante que, además, el joven aspirante confunde con la mismísima Ana Frank. Zuckerman desencadenado (1981) cuenta el éxito de su primera novela y la desgracia de la fama. La lección de anatomía (1983) es un estudio magistral del dolor a través de las mujeres de Zuckerman y la crisis de su vocación. La orgía de Praga (1985) ocurre en la Checoslovaquia invadida por los soviéticos y narra las aventuras clandestinas de Zuckerman bajo el totalitarismo de los años setenta. Estas cuatro novelas serían suficientes para que Philip Roth tuviera un lugar de lujo en las letras de Estados Unidos.

Sale el espectro (título tomado de las anotaciones de escena en Hamlet y Macbeth), el título del último ciclo de la obra de Roth que le gusta a Gilga. Zuckerman ha envejecido y regresa a Nueva York después de 11 años de soledad en una casa de campo a 200 kilómetros de la Gran Manzana. Pasa de los 70 años, ha sido operado de un cáncer en la próstata y padece una severa incontinencia que lo obliga a usar pañal: “Y así he llegado a los setenta y uno. De un modo o de otro, como una flecha a la deriva, se llega igualmente al final”. Un urólogo neoyorquino ha desarrollado un tratamiento con colágeno para que la incontinencia desaparezca o se vuelva moderada. Zuckerman decide probar suerte y le ocurre entonces lo que uno de los personajes de la novela le recuerda en algún momento de la historia: “El destino está acechando y un día salta y grita ‘¡Buuu!’”. “En el campo no había nada que tentara a mis esperanzas. Había hecho las paces con mis esperanzas. Pero cuando llegué a Nueva York, en cuestión de horas la ciudad hizo conmigo lo que hace con la gente: despertar las posibilidades. La esperanza resurge”.

Este es el destino que sorprende y asusta a Zuckerman: conoce a una joven pareja con la que intercambiará temporalmente su casa de Berkshires por un departamento en Nueva York, reencuentra a una mujer a la que amó muchos años antes de que el cáncer y la soledad la convirtieran en un campo devastado y lucha contra la presencia de un joven aspirante a biógrafo del escritor que tanto admiró: “Es sorprendente que la destreza y el éxito que has tenido, sean cuales fueren, hallen su consumación en el castigo de la inquisición biográfica”.

La trama de Sale el espectro ocurre en 2004 y cuenta también, con la precisión simple de las cosas cotidianas, la catástrofe en que se convirtieron las elecciones de ese año para los neoyorquinos cultos cuando se reeligió Bush, pero sobre todo esta historia magnífica es una novela acerca del dolor y de la vejez, o mejor: del dolor de envejecer y del crepúsculo de la vida. El tiempo se le acabó a Roth y no pudo escribir la novela o el episodio novelístico en el cual los judíos liberales habrían querido morir con la llegada de Trump a la presidencia de Estados Unidos.

Un río caudaloso

Gil sabe que la vasta obra de Roth da para dividir los gustos: quienes consideran la Trilogía americana como sus grandes libros: Pastoral americana (1997), Me casé con un comunista (1998) y La mancha humana (2000) (Hay una edición de las tres novelas en un solo tomo en Galaxia Gutenberg publicado en 2011). Y quienes se apegaron al ciclo final de esta literatura: Elegía (Mondadori, 2006), Sale el espectro (Mondadori, 2008), Indignación (Mondadori, 2009), La humillación (Mondadori, 2010) y Némesis (Mondadori, 2011).

Sí, los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gil pondrá a circular estas frases de Roth sobre el mantel tan blanco: A partir de los cincuenta uno empieza a sentir distintas formas de hacerse visible a uno mismo. Llega un momento, como me llegó a mí hace unos meses, en que se halla en un estado de desamparo y confusión, que no logra comprender lo que otrora resultaba obvio: por qué hago lo que hago, por qué vivo donde vivo, por qué comparto mi vida con quien la comparto. La mesa del despacho se me había convertido en un lugar ajeno y aterrador (…) llegué al convencimiento de que no iba a ser capaz de reconstruirme de nuevo, lo que percibía es que me estaba desmoronando.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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