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Lunes , 10.12.2018 / 20:46 Hoy

Uno hasta el fondo

Paul Auster

Gil Gamés

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Gil cerraba la semana en calidad de perro callejero. Caminó sobre la duela de cedro blanco y se estrelló con este libro: Experimentos con la verdad (Editorial Anagrama, 2001). Auster devela en este libro algunos secretos de su proceso creativo. “En el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro”, así responde Auster en una de las entrevistas reunidas en este libro. Aquí vamos.


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En mis libros, siempre intento dejar suficiente espacio en la prosa para que el lector la habite; porque en definitiva creo que es el lector, y no el autor, quien escribe el libro. En mi propio caso como lector (¡y sin duda he leído más libros de los que he escrito!), encuentro que casi invariablemente me apropio de escenas y situaciones de un libro y las aplico a mis propias experiencias, o viceversa.


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Cuando escribo, la historia ocupa siempre un lugar preponderante en mi mente, y siento que debo sacrificarlo todo por ella.


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Todo está en la voz. Después de todo, uno está contando una historia, y su función consiste en hacer que la gente continúe escuchándola. La menor distracción o desvío conduce al tedio, y si hay algo que todos odiamos al leer un libro, es perder el interés, sentir aburrimiento, indiferencia por la frase siguiente. Al final, uno no escribe los libros que necesita escribir, sino aquéllos que le gustaría leer.


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Siempre que termino un libro me asalta una intensa sensación de disgusto y decepción. Es casi un desmoronamiento físico. Me siento tan desilusionado con la pobreza del resultado que no puedo creer que haya dedicado tanto tiempo para conseguir tan poco. Me lleva años aceptar lo que he hecho, comprender que lo hice lo mejor posible. Pero no me gusta volver a las cosas que he escrito. El pasado es el pasado y ya no puedo hacer nada al respecto.


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A menudo me pregunto por qué escribo. No es sólo para crear obras hermosas o relatos entretenidos. Es una actividad que parezco necesitar para sobrevivir. Me siento muy mal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca un gran placer, pero es mucho peor si no lo hago.


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Me guste o no, todos mis libros parecen girar en torno a los mismos interrogantes, a los mismos dilemas humanos. Para mí, escribir no es una cuestión de libre albedrío, es un acto de supervivencia. Una imagen surge en mi interior y poco después comienzo a sentirme acorralado por ella, a sentir que no tengo otra opción que abrazarla. El libro empieza a tomar forma después de una serie de encuentros similares.


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Escribir, en cierto sentido, es una actividad que me ayuda a aliviar la tensión de estos secretos sepultados. Recuerdos ocultos, traumas, cicatrices infantiles…, es evidente que las novelas surgen de esas partes inaccesibles de nosotros mismos.


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Si concibiéramos la imaginación como un continente, cada libro [cada uno de sus libros] constituiría un país en particular. El mapa todavía es un boceto, con muchas omisiones y territorios inexplorados, pero si consigo seguir avanzando, tal vez logre llenar todos los huecos.


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La prosa me ofrece la oportunidad de ordenar mis conflictos y contradicciones. Como todos los seres humanos, soy un ser múltiple y encarno una amplia gama de actitudes y reacciones ante el mundo. Un mismo hecho puede hacerme reír o llorar según mi estado de ánimo; puede inspirarme furia, compasión o indiferencia. Escribir en prosa me permite incluir todas estas reacciones. Ya no tengo que elegir entre ellas.


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Después de todo, la escritura y la lectura de novelas entrañan un curioso truco. Uno ve el nombre de Tolstói en la cubierta de Guerra y paz, pero cuando abre el libro, Leon Tolstói desaparece. Es como si nadie hubiera escrito las palabras que uno lee. Yo encuentro a este “nadie” absolutamente fascinante, pues esconde una verdad profunda. Por una parte, es una ilusión; por otra, tiene mucho que ver con la forma en que han sido escritas las narraciones, pues el autor de una novela nunca está seguro de dónde han surgido sus historias. El ser que vive en el mundo —aquél cuyo nombre aparece en las cubiertas— no es el mismo que escribe el libro.


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Creo que los cuentos infantiles, la tradición oral, son los que han ejercido la mayor influencia sobre mi obra. Me refiero a los hermanos Grimm, Las mil y una noches, el tipo de historias que uno lee en voz alta a los niños. Son narraciones descarnadas, casi desprovistas de detalles, pero al mismo tiempo transmiten grandes cantidades de información en un espacio breve, con muy pocas palabras.


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Yo nunca tengo un plan. Apenas sé lo que voy a hacer de un día para otro. Comienzo a ciegas con unas cuantas imágenes, algunos zumbidos en mi cabeza: el sonido de la voz de un personaje, un gesto. Entonces la historia comienza a desarrollarse en mi interior, y a menudo tarda años en alcanzar ese punto en el que soy capaz de empezar a escribir.


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Todas las preguntas fundamentales que te haces cuando tienes quince años, intentar aceptar el hecho de que vives en este planeta, encontrar alguna razón para existir. Éstas son las preguntas que impulsan a mis personajes.


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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el camarero se acerca con la bandeja que soporta la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular las frases de Ramiro de Maeztu por el mantel tan blanco:

Quizá la obra educativa que más urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles.


Gil s’en va
gil.games@milenio.com

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