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Martes , 23.10.2018 / 04:49 Hoy

Uno hasta el fondo

Nabokov

Gil Gamés

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Gil cerró la puerta de la semana hecho polvo. Caminó sobre la duela de cedro blanco y con el dedo índice señaló un viejo libro: Opiniones contundentes (Taurus, 1999) reúne algunas de las entrevistas realizadas al escritor Valdímir Nabokov, hechas siempre por escrito y contestadas de la misma forma, porque “Siempre he sido un orador lamentable. Mi vocabulario habita en lo profundo de mi mente y requiere papel para deslizarse hasta la zona de lo material. La elocuencia espontánea me parece un milagro. He reescrito (a menudo varias veces) cada una de las palabras que he publicado. Mis lápices sobreviven a sus gomas de borrar”. Gil arroja a esta página del directorio algunos subrayados. Aquí vamos:

[…] ¿Por qué escribí cualquiera de mis libros? Por el placer de hacerlo, por la dificultad. No tengo ningún propósito social, ningún mensaje moral; no tengo ideas generales para explotar, simplemente me gusta componer acertijos con soluciones elegantes.

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No creo que el artista deba preocuparse acerca de su público. El mejor público es la persona que todas las mañanas ve en el espejo cuando se afeita. Creo que el público que imagina el artista, cuando imagina semejante cosa, es el de una sala llena de gente que lleva su propia máscara.

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Algunos de mis personajes, sin duda, son bastante bestiales, pero en realidad no me importa, están fuera de mi yo íntimo igual que los monstruos lúgubres de la fachada de una catedral… Lo cierto es que soy un apacible anciano que detesta la crueldad.

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Nunca aprendí a escribir a máquina. Generalmente empiezo el día junto a un precioso y anticuado atril que tengo en mi estudio. Más tarde, cuando el peso empieza a roerme las pantorrillas, me instalo en un sillón cómodo junto a un escritorio corriente; y, por último, cuando el cansancio empieza a treparme por la espina dorsal, me acuesto en un sofá en un rincón de mi pequeño estudio. Es una agradable rutina diaria. Pero cuando era joven, a los veintitantos y treinta y pocos años, a menudo permanecía el día entero en la cama, fumando y escribiendo. Ahora, las cosas han cambiado. La prosa horizontal, el verso vertical, y los escollos sedentes continuamente cambian de calificativos y estropean la aliteración.

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Después de la primera sacudida de reconocimiento, de una sensación repentina de “esto es lo que voy a escribir”, la novela empieza a empollar por sí misma: el proceso se cumple sólo en la mente, no sobre el papel; y para advertir la etapa que ha alcanzado en determinado momento, no es preciso que tenga conciencia de cada frase exacta. Siento dentro una especie de suave expansión, un desenroscarse, y sé que los detalles ya están ahí, que en realidad los vería claramente si mirara más de cerca, si detuviera la máquina y abriera el compartimiento interior; pero prefiero esperar hasta que lo que se llama vagamente inspiración haya completado por mí la tarea.

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No llego al capítulo tercero antes de llegar al cuarto, no paso escrupulosamente de una página a la siguiente, en orden consecutivo; no, tomo un poquito acá y otro poquito allá, hasta que he llenado todos los claros del papel. Por eso me gusta escribir mis cuentos y novelas en fichas, numerándolas luego, cuando toda la serie está completa. Cada ficha es reescrita muchas veces.

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El plan de mi novela queda fijado en mi imaginación y todos los personajes siguen el camino que imagino para ellos. Soy un perfecto dictador dentro de ese mundo privado, puesto que soy el único responsable de su estabilidad y verdad. Si lo reproduzco o no tan completa y fielmente como querría, es otra cuestión. Algunas de mis viejas obras revelan torpezas y vacíos funestos.

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Soy un ardiente escritor de memorias con una memoria pésima; un recordador distraído de un rey soñoliento. Recuerdo con absoluta lucidez los paisajes, los gestos, las entonaciones, un millón de detalles sensoriales, pero los nombres y los números caen en el olvido con el abandono absurdo de hombrecitos ciegos que caen en fila desde un muelle.

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[Siento] placer y agonía mientras compongo el libro en la mente; irritación aguda cuando lucho con mis instrumentos y mis vísceras… el lápiz que hay que volver a afilar, la ficha que hay que volver a escribir, la vejiga que hay que vaciar, la palabra que siempre escribo erróneamente y cuya ortografía tengo que verificar […]. Al cabo de aproximadamente un mes me habitúo a la etapa final del libro, a que haya sido deshijado de mi cerebro. Entonces lo miro con una especie de ternura divertida, no como se mira a un hijo, sino a la joven esposa del hijo.

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Lolita es famosa, no yo. Yo soy un oscuro, doblemente oscuro novelista con un nombre impronunciable.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Marguerite Duras por el mantel tan blanco: Ningún amor puede sustituir al amor.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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