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Domingo , 24.06.2018 / 11:37 Hoy

Uno hasta el fondo

La mata dando

Gil Gamés

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Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba (empezaron las jactancias) que no le entra en la cabeza que el PRI juegue su resto (cierto que no es mucho) para dejar fuera de la contienda a Anaya. Santos embates, Batman. La secretaria del PRI, Claudia Ruiz Massieu, viajó a Washington a entregar un documento a Luis Almagro, secretario general de la OEA. La coalición Todos por México puso en manos de Almagro una carta en la cual asegura que Anaya pretende inhibir el trabajo de la Procuraduría General de la República ante las investigaciones en su contra por lavado de dinero. Santas mentiras, Batman, diría El Joven Maravilla. Dice Ruiz Massieu: “Es muy grave que en virtud de intereses electorales y para evadir sus responsabilidades ante la ley, Anaya pretenda manipular la opinión pública, usando y abusando de la OEA, una organización indispensable para nuestra región, de la que México ha sido siempre uno de sus principales defensores y colaboradores”.

¿Se perdió de algo Gilga? Hasta donde íbamos, la PGR había desatado acusaciones sin pruebas, o pruebas sin acusaciones, sobre Anaya. A esto se llama uso faccioso de las instituciones (de nuevo Gil lo escribe emocionado) para incidir en el proceso electoral. Resulta que según la secretaria del PRI la cosa es al revés. Cerremos los ojos: ¿qué ven? Nada, el gobierno de Peña Nieto no ha intervenido en la acusación de lavado de dinero de un candidato a la Presidencia.

Acosar y presionar

El priismo, el Presidente, el candidato del PRI y su equipo no acusan recibo: su candidato no ha crecido sino, más bien, decrecido; Anaya perdió un tramo de terreno en la intención favorable del voto y Liópez creció. Ahora mal sin bien: el priismo, el Presidente, el candidato del PRI y su equipo sí acusan recibo y, como ha escrito Gilga en esta página del directorio, prefieren que Liópez gane la elección y arman el caso de Anaya. En los mentideros se dice que vendrá una nueva andanada contra Anaya y su familia. Gil se pregunta si observar el acecho de la PGR sobre Anaya lo convierte en un analista. No, lo convierte, más bien, en un observador de cómo el aparato de gobierno acosa e intenta arrinconar a un candidato. ¿Cómo la ven? Dicho esto sin la menor intención de un albur acechante.

Si Gil ha entendido algo, cosa improbable, una acusación por lavado de dinero quiere decir que hay dinero ilícito en las operaciones financieras de que trata el caso. ¿Hay dinero ilícito en la compra-venta de la nave industrial y en las empresas que intervinieron en el negocio? Gamés hesita y trepida: ¿está dispuesto el presidente Peña a tumbar a Anaya, ponerlo tras la rejas y luego, mientras van o vienen las pruebas dejarlo en libertad y fuera de batalla? Gil goza cuando escribe como un periodista de fuste y fusta. Esta obra se llamaría Segunda Vuelta Charra. Gilga insiste: convendría que la ansiedad, la celeridad, la furia invertida en resolver el caso Anaya fuera equidistante del caso Rosario Robles. El olvido nos acosa: Gil ha recordado el tiempo que tardó la autoridad en armar las carpetas, como se dice hoy, de Javidú. ¿Ya se acordaron? El Gordo llegó hasta las oficinas de la Secretaría de Gobernación y luego se hizo de humo. La verdad sea dicha (muletilla patrocinada por Liópez y Morena), esto se parece mucho a la aporía de Zenón de Elea: la flecha y la tortuga. ¿Quién llega primero: la flecha contra Anaya o la tortuga que persigue a Robles y al priismo corrupto? Aigoeei.

Sí: es suyo

Gilga lo leyó en su periódico MILENIO y en una crónica de Blanca Valadez: “El Che es de nosotros y nadie nos lo va a quitar”. Uno de los asaltantes del auditorio lee las notas de su periódico MILENIO y espeta: “Pinches medios al servicio del gobierno”. Una joven le dice a la cronista: “Nos han criminalizado ante la sociedad cuando en realidad la labor en este espacio ganado por los estudiantes se consagra a realizar talleres con temas como ‘Las mujeres y el narco’”.

Aunque la crónica no habla de la edad de estos jóvenes, muchos de ellos tenían cinco años cuando sus mayores tomaron por asalto el auditorio. Ahora podrían tener 23 años y habrían pasado una parte de su vida en esa casa.

Si la lectora, el lector y el lectere toman, así sin más, una casa y viven en ella 18 años, ¿podrían decir que es suya? Van a perdonar a Perogrullo, pero si no fuera de ellos no habrían vivido en ese lugar 18 años. Sí, el auditorio es suyo. Cuando los desalojen, un día ocurrirá, la escena mostrará un despojo cruel, la violenta expulsión de un grupo de jóvenes de su casa, de su propiedad. Pobrecitos. Sin más preángulo (así se dice), Gil pasa a retirarse. Gamés también necesita ver más bax.

Todo es muy raro, caracho, como diría Paul Valéry: La política es el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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