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Sábado , 15.12.2018 / 08:29 Hoy

Uno hasta el fondo

La comandanta Nestora reeducaba

Gil Gamés

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Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil se adentraba en una cueva de lobo: Nestora Salgado. José Antonio Meade trajo su nombre en el segundo debate y una grave acusación de secuestro. Meade le dijo a Liópez: “Ahí queda en tu conciencia”. Nestora vuelve a la vida pública como candidata a senadora plurinominal por Morena. Todas las coaliciones traen en el carretón candidatos negros, Nestora es una de ellos y le pertenece a Liópez.

Nestora Salgado encabezaba un grupo de comunitarios de Olinalá, una localidad del estado de Guerrero en la región de La Montaña. Ella era autoridad, policía, procuradora, juez y lo que se le ocurriera cada mañana. Crecen como la hierba sus defensores. Ellos afirman que fue liberada porque los jueces afirmaron que no había pruebas en su contra. Dos jueces dijeron, escribe Daniel Moreno, conocedor del asunto, que no hubo secuestros, sino detenciones legales.

La CNDH ha documentado tortura e innumerables violaciones a los derechos humanos. La policía comunitaria de Olinalá tiene el reconocimiento del gobierno. Así las casas (muletilla patrocinada por el invisible pero no por eso olvidable Grupo Higa), Nestora fue víctima del pudridero y los recodos judiciales a los que se enfrenta un acusado. Correcto, entonces ¿Meade mintió y Nestora ha sido una mártir? La muy probable senadora de Morena, ¿no tiene cuentas pendientes con la justicia? Sí y no. ¿Nestora fue absuelta? Sí.

Reeducar

Gil no es abogado, no sabe si va o viene a la hora en que aparecen los jurisconsultos, pero lee periódicos, ve noticieros, oye las noticias y observa. Hagamos un trato para seguir con esta nota: Nestora es inocente y fue absuelta. Muy bien. Ahora mal sin bien: ¿qué puede decirse de sus acciones al frente de los comunitarios de Olinalá? Puede decirse, según Gilga, que estamos ante una oportunista, una activista enloquecida que le dio vuelo a la hilacha de su pasión por la venganza, el poder y la ambición. Como lo oyen.

El artículo de Héctor de Mauleón en su periódico El Universal “La otra Nestora” le puso a Gil la gallina de carne, o como se diga. De Mauleón ha tomado las recomendaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y ha contado la forma inhumana en que Nestora y los suyos trataban a quienes consideraban infractores de su ley. Los encerraban en El Paraíso, así le llamaban a la cárcel comunitaria, sin comer, condenados a trabajos forzados hasta que la familia del infractor pagara una cantidad de dinero para que fuera liberado. En ese centro los detenidos eran reeducados.

A Gamés no le gusta ni la forma ni el fondo. La ausencia de un Estado garante (ay, wey, Gil ya escribe como periodista de fuste y fusta) produce monstruos, y uno de ellos es Nestora. Ella decía a quién reeducar y a quién no, una reeducación que dependía del dinero que la familia del secuestrado-detenido le ofreciera. Con la pena, pero Gilga no defenderá, aun cuando haya sido absuelta, a una activista loca y buena para hacerse de los dineros de los otros. Oh, sí, con la pena. Gil piensa (ya empezamos con la jactancia) que no todo depende de la verificación de datos y datas, también se puede expresar una opinión y preguntar a los defensores de Gestora, perdón, Nestora: ¿Están ustedes de acuerdo con que a los infractores, en el caso de que lo sean, se les encierre en una cárcel comunitaria para ser reeducados? Gilga, no. Más preguntas: ¿A Gamés le parece bien que Nestora sea parte del Senado de la República? No. ¿Por qué si hay en Morena activistas honestos que le han dedicado su vida a la lucha social, Liópez eligió a Gestora? Solo Dios sabe, y Andy.

Al campo de concentración

El verbo reeeducar espanta a Gil y le espanta más que no espante a todos. Le suena a Pol Pot, a los Jemeres Rojos. ¿Exagera Gil? Pues no tanto. Si encierras a una persona y la obligas a pagar una supuesta falta con trabajos forzados, nos acercamos a los campos de arroz de aquellos rumbos. Imaginemos ahora las iniciativas de Gestora en el Senado. Dios de bondad. Abróchense los cinturones: allá vamos.

Todo es muy raro, caracho, como diría Savater: Ser tolerante no es ser débil, sino ser lo suficientemente fuerte y estar lo suficientemente seguro de las propias elecciones como para convivir sin escándalo ni sobresalto con lo diverso, siempre que se atenga a las leyes. Lo que realmente se opone a la tolerancia es el fanatismo, propio muchas veces no de los más convencidos sino de quienes pretenden acallar sus propias dudas cerrando la boca y maniatando a los demás.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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