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Martes , 25.09.2018 / 06:36 Hoy

John Cheever

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Gil bajaba la cortina de la semana con sentimientos encontrados (para que se respeten, los sentimientos deben encontrarse). Una vez que se encontraron los sentimientos, se presentaron: la cólera encontró a la ironía, la tristeza al tedio, mju, y así. Gil caminó sobre la duela de cedro blanco y se estrelló en un librero donde estaban Los Diarios de John Cheever (Emecé Editores, 2006), el gran escritor estadunidense (1912-1982), editados por Robert Gottlieb. Esas páginas intensas y locas cubren la etapa de su madurez y vejez, desde finales de los años cuarenta y años cincuenta, hasta la década de los setenta y principios de los ochenta. Gamés buscó entre los subrayados de las preocupaciones literarias que lo acompañaron hasta los años sesenta. Aquí vamos.

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Cuando hablo con los demás, cuando voy en tren, la vida parece dotada de una bondad superficial que no necesita discusión. Cuando paso seis o siete horas frente a la máquina de escribir, cuando duermo la mona en un sillón roto, acabo por poner todo en tela de juicio, incluso a mí mismo. Llego a conclusiones insoportablemente morbosas y la mitad del tiempo desearía morir. Tengo que llegar a un equilibrio entre escribir y vivir. No debo seguir siendo autodestructivo. […] Debo introducirme en mi trabajo, y éste debe darme a mí la legítima sensación de bienestar de que disfruto cuando el tiempo es bueno y he dormido bien. La buena salud es algo instintivo en mí y puede serlo para la literatura.

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La tensión de estar endeudado; la dificultad de escribir para saldar las deudas. Quedan siete días, seis días, etcétera. Una vez, en New Hampshire, traté en vano durante meses de arrancar un relato a mi cerebro u organizar una serie de notas lúcidas. Unas veces he podido parir un cuento y otras no.

Si uno conserva la calma, mejor.

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Uno no quiere fracasar, ser flor de un día, pero me aterran las responsabilidades del éxito. Aparentemente, anhelo el anonimato. Pero es verdad que cuando no puedo dormir, cuando me siento triste o solo, imagino cuartas y quintas ediciones y la aparición de mi nombre en los primeros puestos de las listas de best-sellers, del mismo modo que cuando estoy triste me consuelo imaginando buenas noticias.

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Sueño con un mejor estilo en prosa, libre de recursos fáciles, más sobrio, que trabaje más cerca las emociones tanto directa como indirectamente, con sentimiento e inteligencia. Un sueño agradable, y me siento tal cual soy.

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Al carecer de un sentido claro del bien y del mal, nos resulta imposible inventar a un malvado, y la maldad es esencial para la dinámica de la narración. El libertino ya no es malvado; su destreza se ha convertido en virtud. El banquero usurero despierta admiración; el sodomita pertenece a una minoría que merece nuestra comprensión; el homicida sólo necesita asistencia psiquiátrica. Me da la impresión de que los jóvenes lo asumen con menos egocentrismo que nosotros, y al sentir instintivamente la necesidad de la maldad, llegan a la conclusión de que el mundo adulto es imperfecto. Los procreadores limpios, decentes, vigorosos y lozanos son objeto de su rabia y su desdén, cuando su único defecto es que no recuerdan a los malvados. El cáncer es malo, pero cuando miramos por el microscopio no vemos ningún diablo. Y al final le ponemos cuernos y rabo a la muerte, que es totalmente inocente como fenómeno.

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Leo el libro de Hemingway [París era una fiesta]. Suscita esos sentimientos ambiguos que padecemos cuando una parte intacta de la adolescencia choca con el hombre en que nos hemos convertido. Cuando era joven, su obra me absorbía por completo. Imitaba su personalidad y su estilo. Escribe con la eléctrica distorsión que genera la ilusión de una visión particular; es decir, rompe y rehace los ritmos habituales de la introspección.

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No disimular nada ni ocultar nada, escribir sobre las cosas más cercanas a nuestro dolor, a nuestra felicidad; escribir sobre mi torpeza sexual, el sufrimiento de Tántalo, la magnitud de mi desaliento creo entreverla en sueños, mi desesperación. Escribir sobre los necios sufrimientos de la angustia, la renovación de nuestras fuerzas cuando aquéllos pasan; escribir sobre la penosa búsqueda del yo, amenazado por un extraño en correos, un rostro apenas entrevisto en la ventanilla de un tren; escribir sobre los continentes y las poblaciones de nuestros sueños, sobre el amor y la muerte, el bien y el mal, el fin del mundo.

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Soy cuentista desde el principio de mi vida: reordeno los hechos para que sean más interesantes y a veces más significativos. He convertido a mi vieja madre excéntrica en una mujer rica y de buena posición, y a mi padre en un lobo de mar.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que sostiene el Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular unas frases de Guy de Maupassant por el mantel tan blan co: Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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