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Uno hasta el fondo

El pasado nos vigila

Gil Gamés

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Era un viernes de amigos verdaderos. En alegre charla de sobremesa y libaciones liberales (li-li) de Glenfiddich 15, alguien puso a circular por el mantel tan blanco algunos recuerdos, nada como la memoria para fijar las acciones humanas en el tiempo. Uno de los temas de conversación, la actuación de Jiménez Espriú en un predio de propiedad privada. En amenaza de una apoderada que le pidió a él y a quienes lo acompañaban que abandonaran el lugar, el próximo secretario de Comunicaciones le pidió su nombre y le dijo que regresaría el 2 de diciembre. Para entonces le exigió que tuviera las escrituras de esos terrenos en los cuales hay una mina de arena que surte a los cimientos de la construcción del nuevo aeropuerto de Texcoco.

Las horas pasaron y ya repantigado en el mullido sillón, los recuerdos de aquellos amigos formaban una nube en la cabeza de Gil: la UNAM, Soberón, los años del SPAUNAM. Para no hacer el cuento muy largo, Gamés obtuvo las memorias de Soberón: el médico, el rector, publicadas por el FCE en el año 2015.

En algunas apretadas páginas de prosa no tan aliñada, Soberón cuenta que nombró a Jiménez Espriú secretario general auxiliar. Es decir, Jiménez Espriú fue parte muy principal del equipo que solicitó la entrada de la policía a la UNAM en 1973 y 1977, cuando se encarceló a los líderes del SPAUNAM. Así como usted lo oye. En ese tiempo, el mismo equipo que encabezaba Soberón decidió limpiar el campus desapareciendo las cafeterías de Ciudad Universitaria “habitadas en plena promiscuidad por sedicentes estudiantes”. Jiménez Espriú ayudó a ese rector a barrer “la promiscuidad y la sedición”. Oh, sí.

Habla, memoria

Aquí frente a ustedes, la memoria de Soberón: “Al resto de quienes habrían de conformar mi equipo no los conocía. Pasaron semanas antes de que Javier Jiménez Espriú se incorporara como secretario general auxiliar. Lo remitieron conmigo Emilio Rosenblueth y Daniel Ruiz Fernández, que lo conocían de cerca. Además de inteligente, efectivo, directo, pragmático y entrón, me di cuenta de que en el aspecto fundamental de la administración y las finanzas estaría bien cubierto (…). Decidimos aprovechar el receso para limpiar el campus. Lo primero que hicimos fue cerrar las cafeterías, convertidas en reductos de los activistas que agredían sin pausa a la institución. Hacía varios años las cafeterías se habían concesionado a ciertos grupos universitarios y, desde su inicio o poco más tarde, habían caído en manos de los llamados ‘comités de lucha’ (…) por eso decidí acabar con los focos de agitación que, además, eran centro de distribución de droga habitados en plena promiscuidad por sedicentes estudiantes”. ¡Ajúa!, qué bonito es lo bonito. Si esto que acaban ustedes de leer no forma parte de los dichos de la derecha más derecha, entonces Gilga no sabe qué pueda serlo. Ah, qué don Javier Jiménez, ariete de la cuarta transformación, simpatizante de que la policía entre a Ciudad Universitaria y de que a los estudiantes críticos se les llame promiscuos y sediciosos.

Crisis migratoria

Gil no tiene opinión que no se haya escrito ya en sus periódicos o dicho en sus programas de radio y televisión sobre la crisis migratoria de la frontera sur. Gamés comparte, eso sí, la idea de que la política exterior mexicana no debe convertirse en una sucursal de las fobias criminales de Trump. En un libro luminoso de Hans Magnus Enzensberger, Ensayo sobre las discordias (Anagrama, 2016), uno de los escritores alemanes más relevantes de la posguerra escribió el ensayo “La gran migración”. Gil trascribirá en ésta y las próximas páginas del fondo algunos párrafos como éste: “Nunca podrá predecirse a cuántos inmigrantes puede dar cobijo un país. Están en juego demasiadas variables independientes. Y tampoco valen las cifras absolutas. Entre poblaciones no habituadas, el incremento abrupto de las cuotas de inmigrantes puede provocar reacciones casi alérgicas (…). Los mejores puntos de referencia objetivos los ofrece el análisis económico. Los inevitables conflictos que se derivan de una migración masiva solo se agudizaron cuando el desempleo reinante en los países receptores devino crónico. En los tiempos de pleno empleo, que probablemente no vuelvan nunca, se procedió a reclutar a millones de obreros inmigrantes. A los Estados Unidos llegaron casi diez millones de mexicanos, a Francia tres millones de magrebíes, a Alemania cinco millones de extranjeros, entre ellos casi dos millones de turcos. Dicha corriente migratoria no solo fue tolerada, sino saludada enfáticamente. Los ánimos solo se invirtieron de signo al aumentar el desempleo estructural y ello a pesar de una prosperidad en auge”.

Todo es muy raro, caracho, como diría Corneille: “Quien todo lo puede ha de temerlo todo”.

Gil s’en va
gil.games@milenio.com

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