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Lunes , 10.12.2018 / 07:21 Hoy

Uno hasta el fondo

El alma rusa

Gil Gamés

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Gil cerraba la puerta de la semana como un pedazo de estopa arrojada en un cajón de herramientas. Caminó sobre la duela de cedro blanco y se dirigió al salón premier. Así le llama Gilga al lugar que da hospedaje a una gran pantalla de televisión. El Mundial de futbol había empezado. Gamés apartó libros y buscó en ellos un pedazo del alma rusa para ponerlo en esta página del directorio.

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Oigan esto: en los años 1932 y 1933 murieron entre 7 y 10 millones de ucranianos por el hambre o sus secuelas a resultas de las políticas de colectivización de la tierra dictadas por Stalin e instrumentadas por brigadas comunistas al mando de Mólotov, Kaganóvich y Balitsky. Se trataba de acabar con los kulaks, pequeños y medianos propietarios de las ricas tierras ucranianas, y de requisar grandes cantidades de trigo (hasta 8.5 millones de toneladas) con objeto de utilizarlo como moneda de cambio para llevar adelante sus grandes proyectos industriales, como el metro de Moscú o la flota de aviación civil. No sobra puntualizar que los que se resistieron, mujeres y niños incluidos, sufrieron la deportación o la muerte.

Los kulaks o “campesinos ricos” deportados integraron, junto con los “saboteadores” y los trotskistas, la primera gran oleada de detenidos que pobló el Gulag. Les siguieron las víctimas de las grandes purgas en 1937-1938, los “nacionalistas burgueses” que se oponían a la anexión de sus países a Moscú con el pretexto de la amenaza nazi, los soldados soviéticos acusados de cobardía o excesos críticos contra la estrategia de Stalin, los colaboracionistas pero también los resistentes antinazis que eligieron el lado equivocado e incluso soldados soviéticos liberados de los campos de prisioneros alemanes.

El Gulag —expresión de los años 30 que se hizo famosa en Occidente a partir de 1975 por el libro de Alexander Soljenitsin, El archipiélago Gulag— es el acrónimo de Administración Principal de los Campos de Trabajo y Reeducación, y desde fines de los años 20 hasta la desaparición de la URSS en 1991 designó tanto los campos de concentración soviéticos (expresión utilizada por Lenin y Trotsky, que no tuvieron remilgos en echar mano de dichos establecimientos) como el propio sistema de represión. La administración central fue disuelta en 1956 y con Kruschev las variantes del sistema se hicieron más individuales; los campos fueron destruidos durante los últimos años de la perestroika.

Se procedió a encerrar, sin juicio, a los monarquistas “blancos”, los socialdemócratas, los socialrevolucionarios, los mencheviques, los marinos de Kronstadt, los miembros del clero y los “especuladores”. Pero no es sino hasta 1923 que, obligados por la falta de espacio concentracionario, se instala el primer campo soviético en las islas Solovkí, a orillas del Mar Blanco.

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En el año de 1974, Saul Bellow le escribió una carta al director de The New York Times para llamar su atención sobre un escritor que en aquel entonces había desafiado el poder absoluto del régimen de la Unión Soviética. Se llamaba Alexander Soljenitsin y había escrito en los años 60 El Primer círculo, El pabellón del cáncer y Agosto de 1914. Fue perseguido y condenado a un destierro a perpetuidad. Soljenitsin publicó El archipiélago Gulag en 1973. Apareció en París después de que la KGB había incautado uno de los manuscritos. En este monumental libro, Soljenitsin entrevista a más de 200 sobrevivientes de los campos de trabajo soviéticos.

En aquella carta de Bellow al director de The New York Times el escritor estadunidense afirma que Sájarov y otros intelectuales soviéticos llamaron a “la gente decente de todo el mundo” a intentar proteger a Alexander Soljenitsin de la persecución.

“La palabra ‘héroe’, que lleva mucho tiempo desacreditada”, decía Bellow, “ha sido redimida por Soljenitsin. Ha tenido el coraje, el poder mental y la fortaleza de espíritu necesarios para decirle la verdad al mundo entero. Es un hombre de un absoluto honor intelectual y, en su fortaleza moral, es peculiarmente ruso. Los mejores escritores rusos de este siglo infernal han tenido totalmente claro que solo el poder de la verdad es igual al poder del Estado.

“Puede esperarse que los Brézhnevs y Kosyguins del mundo sean capaces de entender lo que el comportamiento de un hombre como ése significa para el mundo civilizado. La persecución de Soljenitsin, su deportación, su confinamiento en un manicomio o su exilio se interpretarán como la prueba definitiva de la completa degeneración moral del régimen soviético.

“No podemos esperar que nuestros diplomáticos abandonen su política o que nuestras grandes empresas rompan contratos con Rusia, los físicos y matemáticos, biólogos, ingenieros, artistas e intelectuales deberían dejar claro que defienden a Soljenitsin.

“Lo que Soljenitsin ha hecho al revelar la irrestricta brutalidad del estalinismo también lo ha hecho por nosotros. Ha recordado a todos y cada uno de nosotros lo que le debemos a la verdad”.

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Mijaíl Bulgákov fue médico y uno de los grandes escritores del tiempo de la consolidación del régimen soviético. Sufrió el mismo destino trágico de otros escritores bajo el terror estalinista. Bulgákov escribió una novela que yo aprecio especialmente, me gusta, me incita. Se llama El maestro y Margarita. Y se publicó solo hasta después del XX Congreso del Partido Comunista en ¡1967! Esta rara y magnífica novela es como un rompecabezas cuyas piezas se unen para formar una figura de la sociedad soviética de los años 30, del ejercicio del poder en un estado policiaco. Ocurre en tres planos que parecen no tener que ver uno con otro: el Diablo llega a Moscú acompañado por una corte de demonios, una bruja desnudista y un gato hablador; los amores del Maestro y Margarita y, al final, la condena de Poncio Pilatos. Ante la novela proletaria que imperaba en ese momento, Bulgákov eligió la locura, el humor, la imaginación. Cuando pidió permiso para salir de la Unión Soviética, el propio Stalin se lo negó y como lo había leído y había tenido cierta afinidad con sus creaciones, le dio un trabajo obligado. El maestro y Margarita, una de las grandes obras rusas conocida solo después del deshielo.

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Sí: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras el mesero se acerca con la charola que soporta el

Glenfiddich15, Gamés pondrá a circular las frases de Albert Camus por el mantel tan blanco: La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas.

Gil s’en va

gil.games@milenio.com

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